Capítulo 8

“Para esto fui enviado”

JESÚS y los apóstoles llevan horas caminando. Van de Judea a Galilea, en dirección norte. El camino más corto —que se puede recorrer en unos tres días— atraviesa Samaria. Cerca del mediodía llegan a un pueblo llamado Sicar, donde hacen un alto para reponer fuerzas.

2 Mientras los apóstoles van a comprar alimentos, Jesús se queda descansando junto a un pozo en las afueras del pueblo. En eso ve que se acerca una mujer a sacar agua. Puesto que está “cansado del viaje”, podría decidir no prestarle atención (Juan 4:6). Sería comprensible que sencillamente cerrara los ojos, sin fijarse en lo que ella hace. Según lo que vimos en el capítulo 4, es muy probable que la samaritana crea que Jesús, como cualquier otro judío, la va a tratar de manera desdeñosa. Sin embargo, Jesús entabla conversación con ella.

3 Inicia el diálogo valiéndose de una comparación extraída de las tareas diarias de la mujer, o mejor dicho, de la tarea que está a punto de realizar. Ella ha venido a buscar agua, y Jesús le habla de un agua que da vida y que apagará su sed espiritual. A lo largo de la conversación, la mujer hace varias declaraciones polémicas.* Sin embargo, Jesús evita con delicadeza entrar en discusiones y, sin desviarse del tema, se centra en los asuntos espirituales, a saber, la adoración pura y Jehová Dios. Sus palabras tienen gran repercusión, pues cuando la samaritana les cuenta a los hombres del pueblo lo que él le ha dicho, ellos también quieren oír a Jesús (Juan 4:3-42).

4 ¿Cómo reaccionan los apóstoles cuando llegan y ven el asombroso testimonio que Jesús está dando? No muestran el menor entusiasmo. Les sorprende encontrar a Jesús hablando con aquella mujer, y al parecer no cruzan ni una palabra con ella. Una vez que esta se marcha, le ruegan a Jesús que coma de lo que han traído. “Yo tengo alimento para comer del cual ustedes no saben”, responde él. Extrañados, al principio toman sus palabras al pie de la letra, pero él les explica: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra” (Juan 4:32, 34). De este modo, Jesús les enseña que la obra que debe realizar en su vida es mucho más importante que el alimento físico, y quiere contagiarles ese sentimiento. Ahora bien, ¿cuál es esta obra?

5 En cierta ocasión, Jesús dijo: “Tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado” (Lucas 4:43). Así es, Jesús fue enviado a predicar y enseñar las buenas nuevas del Reino de Dios.* Hoy sus discípulos hemos recibido el mismo encargo. Por eso es tan importante que examinemos las razones por las que él predicó, el mensaje que declaró y la actitud con que cumplió su comisión.

¿Por qué predicó Jesús?

6 Empezaremos por examinar lo que Jesús sentía por las verdades que enseñaba, para pasar luego a la actitud que mostraba hacia la gente a quien instruía. Mediante un gráfico ejemplo, Jesús reveló cuánto valoraba la oportunidad de dar a conocer las verdades que había aprendido de su Padre. Dijo: “Todo instructor público, cuando ha sido enseñado respecto al reino de los cielos, es semejante a un hombre, un amo de casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas” (Mateo 13:52). ¿Por qué saca cosas de su tesoro este dueño de casa?

7 No es simplemente para presumir de sus posesiones, como hizo el antiguo rey Ezequías, una acción que a la larga le salió muy cara (2 Reyes 20:13-20). Entonces, ¿cuál es el motivo? Pues bien, pongamos un ejemplo. Suponga que usted va a visitar a un profesor suyo a quien aprecia mucho, y este le muestra dos cartas que guarda en su escritorio. Una está amarillenta por el paso de los años, y la otra es más reciente. Son cartas de su padre. La primera la recibió hace décadas, cuando no era más que un niño, mientras que la segunda le llegó hace poco. Los ojos le brillan de felicidad al hablar del gran cariño que les tiene, de cómo sus consejos le han cambiado la vida y de cómo pueden serle útiles a usted también. Está claro que estas cartas significan mucho para su profesor y ocupan un lugar especial en su corazón (Lucas 6:45). Si se las ha mostrado, no es por vanidad ni para obtener algún provecho económico, sino para que usted se beneficie de ellas y pueda comprender el valor que tienen.

8 El Gran Maestro, Jesús, enseñaba a la gente las verdades de Dios por motivos semejantes. Estas eran para él un tesoro inestimable: las amaba, ansiaba mostrarlas a otros y quería que todo discípulo suyo —“todo instructor público”— sintiera lo mismo que él. ¿Es eso lo que usted siente? Hay buenas razones para amar todas y cada una de las verdades que aprendemos de la Palabra de Dios. Para nosotros, las gemas de la verdad son inmensamente valiosas, ya sean enseñanzas que aprendimos hace mucho tiempo o algunas explicaciones más recientes. Como Jesús, transmitiremos ese amor si hablamos con entusiasmo de las cosas que Jehová nos ha enseñado y si no perdemos el aprecio que sentimos por ellas.

9 Jesús también amaba a aquellos a quienes instruía, como veremos con más detalle en la sección 3. Las Escrituras habían predicho que el Mesías “le [tendría] lástima al de condición humilde y al pobre” (Salmo 72:13). Jesús se interesaba de verdad por la gente. Se preocupó por conocer las ideas y las actitudes que los movían a actuar, y por entender las cargas que los oprimían y los obstáculos que les impedían captar la verdad (Mateo 11:28; 16:13; 23:13, 15). Recordemos el caso de la samaritana. Sin duda, a ella debió de causarle una impresión muy honda el interés que él le mostró. Al ver la capacidad que Jesús tenía para comprender aspectos de su vida personal, no pudo menos que reconocerlo como profeta, y se puso a hablar a otros acerca de él (Juan 4:16-19, 39). Nosotros, por supuesto, somos incapaces de leer el corazón de aquellos a quienes predicamos; pero, como Jesús, sí podemos interesarnos por ellos, demostrarles que nos importan y adaptar lo que decimos a sus intereses, problemas y necesidades.

¿Qué mensaje declaró?

10 ¿Qué mensaje predicó Jesús? Si buscamos la respuesta en las doctrinas de muchas iglesias que afirman representarlo, probablemente lleguemos a la conclusión de que predicó un evangelio social, que impulsó reformas políticas o que centró su mensaje en la salvación personal. No obstante, como ya vimos, Jesús dijo claramente: “Tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios”. ¿Qué implicaba esa labor?

11 Recordemos que el Hijo de Dios estaba en el cielo cuando Satanás puso en duda por primera vez que la soberanía de Jehová fuera justa. ¡Cuánto debió de apenarle ver que se difamara a su Padre y se le acusara de ser un Gobernante injusto que priva a sus criaturas de cosas buenas! ¡Cuánto debió de dolerle que Adán y Eva, los futuros padres de la familia humana, creyeran las mentiras de Satanás! Él fue testigo de cómo aquella rebelión contaminó con el pecado y la muerte a la humanidad (Romanos 5:12). Por otro lado, ¡qué feliz debió de sentirse al saber que un día su Padre corregiría los asuntos por medio de su Reino!

12 ¿Qué debía corregirse antes que nada? Era preciso que el santo nombre de Jehová fuera santificado, es decir, limpiado completamente de todo el oprobio que sobre él han amontonado Satanás y sus secuaces. Asimismo, debía quedar demostrada la justicia de la soberanía —o manera de gobernar— de Jehová. Jesús entendía estas cuestiones vitales mejor que ningún otro hombre. Por esa razón, en la oración modelo enseñó a sus discípulos a pedir, primero, que el nombre de su Padre fuera santificado; segundo, que viniera el Reino de su Padre, y tercero, que se hiciera la voluntad de Dios en la Tierra (Mateo 6:9, 10). Dentro de poco, el Reino de Dios, con Cristo en el trono, eliminará del planeta al corrupto mundo de Satanás y confirmará para siempre el gobierno justo de Jehová (Daniel 2:44).

13 Este Reino fue el tema central del ministerio de Jesús. Todas sus palabras y todas sus acciones contribuyeron a explicarlo y a mostrar cómo cumpliría el propósito de Jehová. Jesús no permitió que nada lo desviara de su misión de predicar las buenas nuevas del Reino de Dios. A pesar de que en aquellos días existían problemas sociales apremiantes y se cometían innumerables injusticias, él se centró en su mensaje y en su obra. ¿Quiere decir eso que Jesús era un hombre estrecho de miras y que su forma de enseñar era aburrida y repetitiva? ¡Nada más lejos de la realidad!

14 Como comprobaremos a lo largo de esta sección, Jesús enseñaba de una manera atractiva y llena de vida; conseguía llegar al corazón de sus oyentes. Esto nos recuerda al sabio rey Salomón, quien procuró hallar palabras verdaderas, deleitables y correctas para escribir las ideas que recibió por inspiración divina (Eclesiastés 12:10). Gracias a la “anchura de corazón” que Jehová le otorgó a este hombre imperfecto, él podía disertar sobre una gran diversidad de temas, desde los árboles y los arbustos hasta los peces y las bestias. La gente acudía desde muy lejos para oírlo (1 Reyes 4:29-34). Con todo, no olvidemos que Jesús era “algo más que Salomón” (Mateo 12:42). Esto quiere decir que él era mucho más sabio, que tenía más “anchura de corazón”. Cuando enseñaba, recurría al conocimiento superior que poseía sobre la Palabra de Dios, así como sobre las distintas clases de animales, el clima, la agricultura, la historia, los sucesos importantes de su día y las condiciones sociales. Sin embargo, nunca presumió de sus conocimientos ni buscó impresionar a los demás. Por el contrario, su mensaje fue siempre sencillo y claro. No sorprende, pues, que las multitudes lo escucharan con tanto gusto (Marcos 12:37; Lucas 19:48).

15 Hoy, los cristianos tratamos de seguir el ejemplo de Cristo. Aunque no tenemos su inmensa sabiduría y conocimiento, sí poseemos ciertos conocimientos y experiencia que podemos utilizar al enseñar las verdades de la Palabra de Dios. Los padres, por ejemplo, pueden valerse de la experiencia que han adquirido en la crianza de su familia para ilustrar el amor que Jehová siente por Sus hijos. También podemos extraer ejemplos o ilustraciones del trabajo, la escuela, el comportamiento de la gente o los sucesos de actualidad. Al mismo tiempo, debemos evitar cualquier cosa que desvíe la atención del mensaje que llevamos: las buenas nuevas del Reino de Dios (1 Timoteo 4:16).

¿Qué actitud tuvo hacia su ministerio?

16 Jesús consideraba su ministerio un preciado tesoro. Le daba un inmenso placer enseñar a la gente a ver a su Padre celestial tal como es en realidad, sin el velo de confusas doctrinas y tradiciones humanas. Se complacía en ayudarles a tener una buena relación con Jehová y a aferrarse a la esperanza de la vida eterna. Disfrutaba llevándoles el consuelo y el gozo de las buenas nuevas. ¿Cómo manifestó él esos sentimientos? Veamos tres maneras.

17 En primer lugar, Jesús hizo del ministerio el centro de su vida. Hablar del Reino era su verdadera vocación, la obra de su vida, su mayor interés. Por eso, como se explicó en el capítulo 5, decidió con sabiduría llevar una vida sencilla. Aplicando él mismo lo que enseñaba, mantuvo la vista fija en lo más importante y no se distrajo acumulando bienes que tendría que pagar y luego mantener, reparar o reemplazar. Vivió con sencillez para que nada lo apartara innecesariamente de su ministerio (Mateo 6:22; 8:20).

18 En segundo lugar, Jesús dio lo mejor de en su ministerio. Dedicó a él todas sus energías y recorrió a pie literalmente centenares de kilómetros por toda Palestina buscando a todo el que escuchara las buenas nuevas. Les hablaba a las personas en sus hogares, en las plazas públicas, en los mercados y al aire libre. Les hablaba aunque estuviera cansado, con hambre o con sed, o aunque necesitara un momento de tranquilidad en compañía de sus amigos íntimos. Ni siquiera en los últimos instantes de su vida dejó de hablar de las buenas nuevas del Reino de Dios (Lucas 23:39-43).

19 En tercer lugar, Jesús estaba siempre consciente de la urgencia de efectuar su ministerio. Recordemos la conversación que sostuvo con la samaritana en el pozo cerca de Sicar. Es obvio que los apóstoles no vieron que en aquella situación fuera urgente predicar las buenas nuevas. “¿No dicen ustedes que todavía hay cuatro meses antes que venga la siega? —les preguntó Jesús—. ¡Miren! Les digo: Alcen los ojos y miren los campos, que están blancos para la siega.” (Juan 4:35.)

20 Jesús tomó esta imagen de la época del año en que estaban. Era, por lo visto, el mes de kislev (noviembre-diciembre), y todavía faltaban cuatro meses para la siega de la cebada, que tiene lugar alrededor de la Pascua (celebrada el 14 de nisán). No había razón para que los agricultores se apresuraran, pues aún quedaba mucho tiempo. Pero ¿podía decirse lo mismo de la “siega” de discípulos? ¡Claro que no! Había muchas personas que estaban listas para escuchar, para aprender, para seguir a Cristo y obtener la maravillosa esperanza que Jehová les ofrecía. Era como si Jesús pudiera alzar la mirada sobre aquellos campos simbólicos y ver que estaban blancos de mies madura que se mecía suavemente con la brisa, lo que señalaba que estaba lista para ser cosechada.* Había llegado la hora, y era urgente realizar el trabajo. Por eso, cuando los habitantes de una ciudad trataron de retenerlo, él les contestó: “También a otras ciudades tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado” (Lucas 4:43).

21 Es posible imitar a Jesús de las tres formas antes mencionadas. Primero, haciendo del ministerio cristiano el centro de nuestra vida. Aun si tenemos familia, un trabajo y otras obligaciones, podemos demostrar que damos prioridad al ministerio participando en él con entusiasmo y regularidad, como lo hizo Jesús (Mateo 6:33; 1 Timoteo 5:8). Segundo, dando lo mejor de nosotros en el ministerio y empleando generosamente nuestro tiempo, energías y recursos para apoyarlo (Lucas 13:24). Y tercero, recordando siempre la urgencia de nuestra obra (2 Timoteo 4:2). Aprovechemos, pues, toda oportunidad que se nos presente para predicar.

22 Jesús también mostró que entendía la importancia de la obra al asegurarse de que esta continuara tras su muerte; por eso mandó a sus discípulos que siguieran predicando y enseñando. De esta comisión tratará el capítulo siguiente.

[Notas]

Por ejemplo, cuando la mujer pregunta cómo es que un judío se dirige a una samaritana, saca a relucir la enemistad que existía entre los dos pueblos desde hacía siglos (Juan 4:9). Asimismo, asegura que su pueblo desciende de Jacob, afirmación que los judíos negaban rotundamente (Juan 4:12). Estos llamaban cuteos a los samaritanos para subrayar su origen extranjero.

Predicar significa declarar o dar a conocer un mensaje. Enseñar tiene un significado parecido, pero implica algo más: conlleva la idea de transmitir el mensaje de forma más profunda y detallada. Para enseñar bien hay que buscar maneras de llegar al corazón de la persona a fin de infundir en ella el deseo de vivir de acuerdo con lo que aprende.

En su comentario de este versículo, cierta obra de consulta dice: “Cuando las mieses maduran, cambian de verde a dorado o adquieren un color claro, lo que constituye una señal indiscutible de que ha llegado el momento de la recolección”.

¿Cómo podemos seguir a Jesús?

● ¿Cómo demuestran nuestras oraciones y actos que entendemos que el ministerio es una obra urgente? (Mateo 9:35-38.)

● Si vemos que nuestro celo se está apagando, ¿cómo nos estimulará reflexionar en la actitud de Jesús? (Marcos 1:35-39.)

● ¿Cómo debemos ver a las personas humildes, oprimidas o marginadas que hallamos al predicar? (Lucas 18:35–19:10.)

● ¿Por qué no debemos dejar nunca que la indiferencia o la hostilidad hacia el mensaje nos desanimen? (Juan 7:32-52.)

[Preguntas del estudio]

 1-4. a) ¿Cómo enseña con destreza Jesús a una mujer samaritana, y qué resultados obtiene? b) ¿Cómo reaccionan los apóstoles?

 5. ¿Qué obra debía realizar Jesús en su vida, y qué examinaremos en este capítulo?

 6, 7. Según dijo Jesús, ¿qué debe sentir “todo instructor público” por la predicación de las buenas nuevas? ¿Qué ejemplo podría ilustrar esos sentimientos?

 8. ¿Por qué hay buenas razones para considerar todas las verdades que aprendemos de la Palabra de Dios como tesoros?

 9. a) ¿Qué sentía Jesús por aquellos a quienes enseñaba? b) ¿Cómo podemos imitar la actitud de Jesús hacia los demás?

10, 11. a) ¿Qué mensaje predicó Jesús? b) ¿Por qué se hizo necesario el Reino de Dios?

12, 13. ¿Qué injusticias corregirá el Reino de Dios? ¿Cómo hizo Jesús del Reino el tema central de su ministerio?

14, 15. a) ¿Cómo demostró Jesús que era “algo más que Salomón”? b) ¿De qué manera podemos imitar a Jesús al transmitir a otros el mensaje del Reino?

16, 17. a) ¿Cuál fue la actitud de Jesús hacia su ministerio? b) ¿Cómo demostró Jesús que el ministerio era el centro de su vida?

18. ¿De qué maneras dio Jesús lo mejor de sí en su ministerio?

19, 20. ¿Qué imagen usó Jesús para ilustrar la urgencia de predicar?

21. ¿Cómo podemos imitar a Jesús?

22. ¿Qué veremos en el capítulo siguiente?

[Ilustración a toda plana de la página 78]