SABIDURÍA

El sentido que la Biblia da al término sabiduría destaca el juicio sano basado en conocimiento y entendimiento; la aptitud de valerse con éxito del conocimiento y el entendimiento para resolver problemas, evitar o impedir peligros, alcanzar ciertas metas o aconsejar a otros a hacer lo mismo. Es lo opuesto a la tontedad, la estupidez y la locura, y a menudo se contrasta con estas. (Dt 32:6; Pr 11:29; Ec 6:8.)

El término hebreo jokj·máh (verbo, ja·kjám) y el griego so·fí·a, así como sus afines, son los vocablos básicos que comunican el concepto de “sabiduría”. También está la palabra hebrea tu·schi·yáh, que se puede traducir por “trabajo eficaz” o “sabiduría práctica”, y las palabras griegas fró·ni·mos y fró·nē·sis (de frēn, la “mente”), que se refieren a la “sensatez”, “discreción” o “sabiduría práctica”.

La sabiduría implica amplitud de conocimiento y profundidad de entendimiento, que son los que aportan la sensatez y claridad de juicio que la caracterizan. El hombre sabio ‘atesora conocimiento’ y así tiene un fondo al que recurrir. (Pr 10:14.) Aunque la “sabiduría es la cosa principal”, el consejo es: “Con todo lo que adquieres, adquiere entendimiento”. (Pr 4:5-7.) El entendimiento (término amplio que con frecuencia abarca el discernimiento) añade fuerza a la sabiduría, contribuyendo en gran manera a la discreción y la previsión, cualidades que también son características notables de la sabiduría. La discreción supone prudencia, y se puede expresar en forma de cautela, autodominio, moderación o comedimiento. El hombre “discreto [una forma de fró·ni·mos]” edifica su casa sobre la masa rocosa, previendo la posibilidad de una tormenta; el insensato la edifica sobre la arena y experimenta desastre. (Mt 7:24-27.)

El entendimiento fortalece la sabiduría de otras maneras. Por ejemplo, una persona puede obedecer cierto mandato de Dios debido a que reconoce lo correcto de tal obediencia, y ese es un proceder sabio. Pero si verdaderamente entiende la razón de tal mandato, el buen fin que persigue y los beneficios que se derivan de él, su firme determinación de continuar en ese proceder sabio se verá fortalecida en gran manera. (Pr 14:33.) Proverbios 21:11 dice que “por dar uno perspicacia al sabio, este consigue conocimiento”. La persona sabia se siente contenta de conseguir cualquier información que le otorgue una visión más clara de las circunstancias, condiciones y causas subyacentes a los problemas. Así “consigue conocimiento” en cuanto a qué hacer respecto al asunto, sabe qué conclusiones sacar y lo que se necesita para resolver el problema existente. (Compárese con Pr 9:9; Ec 7:25; 8:1; Eze 28:3; véase PERSPICACIA.)

Sabiduría divina. La sabiduría en sentido absoluto solo se encuentra en Jehová Dios; Él es “solo sabio”, es decir, el único que es sabio en este sentido. (Ro 16:27; Rev 7:12.) El conocimiento consiste en estar familiarizado con los hechos, y siendo que Jehová es el Creador y es “de tiempo indefinido a tiempo indefinido” (Sl 90:1, 2), sabe todo cuanto hay que saber respecto al universo, su composición y contenido, así como su historia hasta ahora. Todos los ciclos, las leyes y las normas físicas en las que los hombres confían cuando hacen sus investigaciones e inventos provienen de Dios, y sin ellos estarían impotentes y no tendrían nada estable en que basarse. (Job 38:34-38; Sl 104:24; Pr 3:19; Jer 10:12, 13.) Lógicamente, sus normas morales son todavía más fundamentales para la estabilidad, el juicio sano y el éxito de la vida humana. (Dt 32:4-6; véase JEHOVÁ [Un Dios de normas morales].) No hay nada que se escape de su entendimiento. (Isa 40:13, 14.) Aunque puede permitir que aparezcan ciertas cosas contrarias a sus normas justas y hasta que prosperen temporalmente, al final el futuro depende de Él y se conformará exactamente a su voluntad; las cosas que Él dice tendrán “éxito seguro”. (Isa 55:8-11; 46:9-11.)

Todas estas razones hacen patente que “el temor de Jehová es el comienzo de la sabiduría”. (Pr 9:10.) “¿Quién no debería temerte, oh Rey de las naciones?, porque eso es propio respecto a ti; porque entre todos los sabios de las naciones y entre todas sus gobernaciones reales no hay absolutamente nadie semejante a ti.” (Jer 10:7.) “Él es sabio de corazón y fuerte en poder. ¿Quién puede mostrarle terquedad y salir ileso?” (Job 9:4; Pr 14:16.) Como es Todopoderoso, puede intervenir a voluntad en los asuntos humanos, conducir según le plazca a los gobernantes o hasta eliminarlos, con el fin de conseguir que Sus revelaciones proféticas resulten infalibles. (Da 2:20-23.) La historia bíblica narra numerosos casos en los que poderosos reyes y sus astutos consejeros pretendieron oponer su sabiduría a la de Dios, y en estos destaca cómo Dios vindicó triunfalmente a sus siervos, que con lealtad habían proclamado su mensaje. (Isa 31:2; 44:25-28; compárese con Job 12:12, 13.)

“La sabiduría de Dios en un secreto sagrado.” La rebelión que surgió en Edén presentó un desafío a la sabiduría de Dios. Sus sabios medios para poner fin a esa rebelión, borrando sus efectos y restableciendo la paz, armonía y buen orden en el seno de su familia universal, constituyeron “un secreto sagrado, la sabiduría escondida, que Dios predeterminó antes de los sistemas de cosas”, es decir, aquellos sistemas que se han manifestado durante la historia del hombre fuera de Edén. (1Co 2:7.) Ese secreto sagrado estaba esbozado en la relación que Dios mantuvo con sus siervos fieles durante muchos siglos, así como en las promesas que les hizo; fue prefigurado y simbolizado en el pacto de la Ley con Israel, lo que incluía su sacerdocio y sacrificios, además de que en innumerables profecías y visiones se señalaba a dicho secreto sagrado.

Finalmente, después de más de cuatro mil años, la sabiduría de aquel secreto sagrado se reveló en Jesucristo (Col 1:26-28), por medio de quien Dios se propuso “una administración al límite cabal de los tiempos señalados, a saber: reunir todas las cosas de nuevo en el Cristo, las cosas en los cielos y las cosas en la tierra”. (Ef 1:8-11.) Se puso de manifiesto la provisión que hizo Dios del rescate para la salvación de la humanidad obediente y su propósito de tener un Reino, un gobierno encabezado por su Hijo capaz de poner fin a toda la maldad. Como el magnífico propósito de Dios se funda y se centra en su Hijo, Cristo Jesús “ha venido a ser para nosotros [los cristianos] sabiduría procedente de Dios”. (1Co 1:30.) “Cuidadosamente ocultados en él están todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Col 2:3.) Solo por medio del “Agente Principal de la vida” de Dios y ejerciendo fe en él se puede obtener la salvación y la vida. (Hch 3:15; Jn 14:6; 2Ti 3:15.) Por consiguiente, no hay sabiduría verdadera que no tome en consideración a Jesucristo, que no base sólidamente su juicio y sus decisiones en el propósito de Dios revelado en él. (Véase JESUCRISTO [Su posición fundamental en el propósito de Dios].)

La sabiduría humana. En el libro de Proverbios aparece la sabiduría personificada en una mujer que invita a las personas a recibir lo que ella tiene para ofrecer. Estos relatos y otros textos relacionados muestran que la sabiduría es en realidad una combinación de muchas cosas: conocimiento, entendimiento (en el que se incluye el discernimiento), capacidad de pensar, experiencia, diligencia, sagacidad (lo opuesto a credulidad o ingenuidad; Pr 14:15, 18) y juicio recto. Pero como la verdadera sabiduría empieza con el temor de Jehová Dios (Sl 111:10; Pr 9:10), esta sabiduría superior va más allá de la sabiduría corriente, y supone atenerse a normas elevadas, manifiesta rectitud y justicia, así como adherencia a la verdad. (Pr 1:2, 3, 20-22; 2:2-11; 6:6; 8:1, 5-12.) No toda sabiduría alcanza el nivel de esta sabiduría superior.

La sabiduría humana es relativa, nunca absoluta. El hombre puede alcanzar un grado limitado de sabiduría por medio de sus propios esfuerzos, aunque en todo caso tiene que usar la inteligencia con la que Dios (quien hasta dio a los animales cierta sabiduría instintiva; Job 35:11; Pr 30:24-28) dotó inicialmente al hombre. El hombre aprende observando los elementos de la creación de Dios y trabajando con ellos. Tal sabiduría puede variar en tipo y alcance. La palabra griega so·fí·a se aplica a menudo a la destreza en cierto oficio o arte, a la destreza y el buen juicio administrativo en el gobierno y los negocios o al extenso conocimiento en algún campo particular de la ciencia o la investigación humana. Las palabras hebreas jokj·máh y ja·kjám se utilizan de manera similar para designar la ‘destreza’ de los navegantes y calafateadores de naves (Eze 27:8, 9; compárese con Sl 107:23, 27) y de los que trabajan la piedra y la madera (1Cr 22:15), así como la sabiduría y destreza de otros artesanos, algunos de los cuales tenían gran talento en una amplia variedad de oficios. (1Re 7:14; 2Cr 2:7, 13, 14.) Esos términos se utilizan hasta para designar al que talla imágenes o hace ídolos con destreza. (Isa 40:20; Jer 10:3-9.) Las prácticas sagaces del mundo de los negocios son una forma de sabiduría. (Eze 28:4, 5.)

Es posible tener toda esa sabiduría y carecer de la sabiduría espiritual que las Escrituras recomiendan de manera particular. Sin embargo, el espíritu de Dios puede realzar algunos de estos tipos de sabiduría en los casos en que puedan ser útiles para efectuar su propósito. Su espíritu activó a los que construían el tabernáculo y sus enseres y a los que tejían las prendas de vestir sacerdotales, llenando a aquellos hombres y mujeres tanto de ‘sabiduría como de entendimiento’. De ese modo, no solo entendieron qué deseaba y cuáles eran los medios para realizar el trabajo, sino también desplegaron el talento, la habilidad artística, la visión y el juicio necesarios para diseñar y producir obras magníficas. (Éx 28:3; 31:3-6; 35:10, 25, 26, 31, 35; 36:1, 2, 4, 8.)

Hombres sabios de la antigüedad. En la antigüedad, tanto los reyes como otras autoridades daban un gran valor a los hombres que destacaban por su sabiduría y buen consejo, un punto de vista que sigue vigente en nuestros tiempos. En Egipto, Persia, Caldea, Edom y otras naciones, tenían “sabios” en la corte o cercanos a ella (Éx 7:11; Est 1:13; Jer 10:7; 50:35; Abd 8), entre quienes se hallaban los sacerdotes y los funcionarios del gobierno, pero no solo ellos, pues es probable que se incluyese también a los “ancianos” de la nación que tenían la reputación de ser hombres sabios y que por vivir cerca de la capital, se les podía pedir consejo. (Compárese con Gé 41:8; Sl 105:17-22; Isa 19:11, 12; Jer 51:57.) Los monarcas persas tenían un consejo privado para consultas urgentes compuesto de siete sabios (Est 1:13-15), y es posible que funcionarios persas de menor rango también tuviesen su propio consejo de sabios. (Est 6:13.)

Gracias a la ayuda del espíritu de Dios, José demostró tal discreción y sabiduría que el Faraón que gobernaba en Egipto le hizo su primer ministro. (Gé 41:38-41; Hch 7:9, 10.) “Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios” y “era poderoso en sus palabras y hechos” hasta antes de que Dios le convirtiese en su vocero. Pero esta sabiduría y aptitud humanas no fueron suficientes para que Moisés cumpliera el propósito de Dios. Después de que a los cuarenta años intentó por primera vez traer alivio a sus hermanos israelitas, tuvo que esperar otros cuarenta años antes de que Dios lo enviase, como hombre sabio espiritualmente, para sacar a Israel de Egipto. (Hch 7:22-36; compárese con Dt 34:9.)

Salomón ya era sabio antes de ser rey (1Re 2:1, 6, 9) y, sin embargo, en una oración a Jehová, reconoció humildemente que solo era “un muchachito” y buscó su ayuda para juzgar al pueblo de Dios. Jehová lo recompensó con “un corazón sabio y entendido” que no tuvo parangón entre los reyes de Judá. (1Re 3:7-12.) Su sabiduría sobrepasó la famosa sabiduría de los orientales y la de Egipto, y convirtió a Jerusalén en un lugar al que viajaban los monarcas o sus representantes para aprender de este rey israelita. (1Re 4:29-34; 10:1-9, 23-25.) Ciertas mujeres de tiempos antiguos también se destacaron por su sabiduría. (2Sa 14:1-20; 20:16-22; compárese con Jue 5:28, 29.)

No siempre se ha usado para bien. La sabiduría humana se puede utilizar para bien o para mal. Si se emplease para un mal fin, se delataría a sí misma como sabiduría carnal, no espiritual o divina. Por ejemplo, Jehonadab era “un hombre muy sabio”, pero el consejo que dio a Amnón, el hijo de David, estuvo basado en una artimaña de dudoso éxito, que implicó la manipulación de otras personas con engaño, y tuvo unas consecuencias desastrosas. (2Sa 13:1-31.) Absalón llevó a cabo una astuta campaña con el fin de destronar a David su padre (2Sa 14:28-33; 15:1-6), y cuando ocupó Jerusalén, pidió a dos de los consejeros de su padre, Ahitofel y Husai, que le dijesen qué otros ardides podría poner en práctica. La sabiduría que solía respaldar el consejo de Ahitofel era tan coherente y exacta, que parecía provenir de Dios. No obstante, como había traicionado al ungido de Jehová, Dios hizo que se rechazase su maquiavélico plan y se adoptase el del fiel Husai, que habilidosamente halagó la vanidad de Absalón y se aprovechó de su debilidad humana para conseguir su caída. (2Sa 16:15-23; 17:1-14.) Pablo dijo con respecto a Dios: “‘Prende a los sabios en su propia astucia’. Y otra vez: ‘Jehová sabe que los razonamientos de los sabios son vanos’”. (1Co 3:19, 20; compárese con Éx 1:9, 10, 20, 21; Lu 20:19-26.)

Los sacerdotes, profetas y sabios apóstatas de Israel con el transcurso del tiempo condujeron al pueblo a oponerse al consejo y a los mandatos que Dios les transmitía por medio de sus siervos leales. (Jer 18:18.) Como resultado, Jehová hizo que la ‘sabiduría de sus sabios pereciera y el entendimiento de los discretos se ocultara’ (Isa 29:13, 14; Jer 8:8, 9), al permitir que el reino de quinientos años de Judá fuese destruido (como haría después con Babilonia, altivo verdugo de Jerusalén, y con la jactanciosa dinastía de Tiro). (Isa 47:10-15; Eze 28:2-17.) Prefirieron la sabiduría carnal en lugar de la espiritual.

La vanidad de gran parte de la sabiduría humana. Cuando el rey Salomón investigó “la ocupación calamitosa” que el pecado y la imperfección han traído a la humanidad, sopesó el valor de la sabiduría que el hombre en general ha alcanzado y cultivado, y se encontró con que solo ha sido “un esforzarse tras viento”. La capacidad del hombre para sobreponerse o tan siquiera compensar de algún modo el desorden, la perversión y las deficiencias propias de una sociedad humana imperfecta es tan limitada, que aquellos que se han ‘procurado una abundancia de sabiduría’ han visto aumentar su frustración e irritación seguramente debido a que han tomado conciencia de lo poco que pueden hacer para mejorar la situación. (Ec 1:13-18; 7:29; compárese con Ro 8:19-22, donde el apóstol Pablo menciona cuál es la provisión de Dios para dar fin a la esclavitud de la humanidad a la corrupción y a la futilidad.)

Salomón también se dio cuenta de que si bien la sabiduría humana producía diversos placeres, así como la pericia necesaria para conseguir riqueza material, no podía traer verdadera felicidad o satisfacción duradera. El hombre sabio muere junto con el estúpido, sin saber lo que sucederá con sus posesiones, y su sabiduría deja de existir cuando va a la sepultura. (Ec 2:3-11, 16, 18-21; 4:4; 9:10; compárese con Sl 49:10.) Aun estando vivo, el “tiempo y el suceso imprevisto” pueden causar calamidad repentina y dejar al sabio sin tan siquiera las necesidades básicas, como el alimento. (Ec 9:11, 12.) El hombre nunca podría descubrir “la obra del Dios verdadero” por su propia sabiduría, ni conseguir conocimiento que le permitiera resolver los mayores problemas del ser humano. (Ec 8:16, 17; compárese con Job 28.)

Salomón no dice que la sabiduría humana carezca en absoluto de valor. Cuando se compara con la simple tontedad, respecto a la que también investigó, la ventaja de la sabiduría sobre la tontedad es como la de la ‘luz sobre la oscuridad’. Mientras que los ojos del sabio están “en la cabeza”, al servicio de las facultades intelectuales, los ojos del estúpido no ven las cosas con discernimiento meditado. (Ec 2:12-14; compárese con Pr 17:24; Mt 6:22, 23.) La sabiduría es una protección de mayor valor que el dinero. (Ec 7:11, 12.) Pero Salomón mostró que su valor era muy relativo, pues dependía enteramente de que se conformara a la sabiduría y al propósito divinos. (Ec 2:24; 3:11-15, 17; 8:12, 13; 9:1.) Una persona puede excederse en su esfuerzo por manifestar sabiduría, obligándose a ir más allá de los límites de su capacidad imperfecta en un proceder autodestructivo (Ec 7:16; compárese con Ec 12:12), pero si sirve de manera obediente a su Creador y se contenta con el alimento, la bebida y el bien que le produce su duro trabajo, Dios le dará “sabiduría y conocimiento y regocijo” según sus necesidades. (Ec 2:24-26; 12:13.)

Contrastada con el secreto sagrado de Dios. El hombre ha acumulado un gran caudal de sabiduría a través de los siglos. En su mayor parte, esta se transmite mediante los sistemas escolares y otros medios de enseñanza, si bien hay conocimientos que se adquieren gracias a la relación con otras personas o por la experiencia. Los cristianos deben determinar qué actitud adoptar hacia esa clase de sabiduría. En una ilustración sobre un mayordomo injusto que manejó los bienes de su amo de un modo que le permitiera ganarse las simpatías de los deudores del amo con el fin de asegurarse el futuro, Jesús afirmó que el mayordomo “obró con sabiduría práctica [fro·ní·mōs, “discretamente”]”. Sin embargo, dijo que esta sagacidad era la sabiduría práctica de “los hijos de este sistema de cosas”, no la de “los hijos de la luz”. (Lu 16:1-8.) Con anterioridad había alabado a su Padre celestial por haber escondido ciertas verdades de los “sabios e intelectuales” y haberlas revelado a sus discípulos, que, en comparación, eran como “pequeñuelos”. (Lu 10:21-24.) Entre los sabios e intelectuales a los que se refirió Jesús se hallaban los escribas y fariseos educados en las escuelas rabínicas. (Compárese con Mt 13:54-57; Jn 7:15.)

En el primer siglo, los griegos eran especialmente famosos por su cultura y conocimiento acumulado, sus escuelas y sus grupos filosóficos. Probablemente por esa razón, Pablo parangonó a los ‘griegos y bárbaros’ con los ‘sabios e insensatos’. (Ro 1:14.) Pablo recalcó a los cristianos de Corinto (Grecia) que el cristianismo no dependía de “la sabiduría [so·fí·an] del mundo” ni se caracterizaba por esa sabiduría de la humanidad alejada de Dios. (1Co 1:20; véase MUNDO [El mundo alejado de Dios].) No quería decir que no hubiera nada útil o beneficioso entre las múltiples facetas de la sabiduría del mundo, pues Pablo a veces utilizó sus conocimientos del oficio de hacer tiendas de campaña y también citó de vez en cuando de las obras literarias de autores mundanos para ilustrar ciertas verdades. (Hch 18:2, 3; 17:28, 29; Tit 1:12.) Pero en su conjunto, el punto de vista, los métodos, las normas y las metas del mundo —su filosofía— no estaban en armonía con la verdad; eran contrarias a la ‘sabiduría de Dios reflejada en el secreto sagrado’.

De modo que el mundo con su sabiduría rechazó la provisión de Dios por medio de Cristo como si fuera una tontedad; aunque es posible que sus gobernantes hayan sido administradores capaces y juiciosos, llegaron hasta el punto de “[fijar] en el madero al glorioso Señor”. (1Co 1:18; 2:7, 8.) Pero Dios, por su parte, demostró que la sabiduría del mundo era tontedad, pues avergonzó a sus hombres sabios utilizando para llevar a cabo su propósito invencible lo que ellos consideraban “una cosa necia de Dios” y a las personas que ellos veían como ‘necias, débiles e innobles’. (1Co 1:19-28.) Pablo recordó a los cristianos corintios que “la sabiduría de este sistema de cosas, [y] la de los gobernantes de este sistema de cosas” sería reducida a la nada; por consiguiente, tal sabiduría no era parte del mensaje espiritual del apóstol. (1Co 2:6, 13.) Advirtió a los cristianos de Colosas que no se dejaran entrampar por “la filosofía [fi·lo·so·fí·as, literalmente, “amor a la sabiduría”] y el vano engaño según la tradición de los hombres”. (Col 2:8; compárese con los Col 2 vss. 20-23.)

La sabiduría del mundo estaba abocada al fracaso pese a sus éxitos y beneficios de carácter temporal. En cambio, la congregación cristiana de ungidos de Dios tenía en su haber la sabiduría espiritual que les conducía a “las riquezas insondables del Cristo”. Como esa congregación formaba parte del secreto sagrado de Dios, por sus tratos con ella y sus propósitos cumplidos en ella, Él dio a conocer o reveló mediante dicha congregación su “grandemente diversificada sabiduría”, incluso a “los gobiernos y a las autoridades en los lugares celestiales”. (Ef 3:8-11; 1:17, 18; compárese con 1Pe 1:12.) Sus miembros tienen “la mente de Cristo” (véase Flp 2:5-8), por lo que poseen un conocimiento y entendimiento considerablemente superior al del mundo, de modo que pueden hablar, “no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el espíritu”, con una “boca y sabiduría” que los opositores no pueden refutar, aun cuando —según los criterios del mundo— tengan a los cristianos por “iletrados y del vulgo”. (1Co 2:11-16; Lu 21:15; Hch 4:13; 6:9, 10.)

La batalla espiritual. El apóstol Pablo confió en la sabiduría divina para guerrear en sentido espiritual contra cualquiera que amenazase con pervertir las congregaciones cristianas, como la de Corinto. (1Co 5:6, 7, 13; 2Co 10:3-6; compárese con 2Co 6:7.) Sabía que “la sabiduría es mejor que los útiles de pelear, y simplemente un solo pecador puede destruir mucho bien”. (Ec 9:18; 7:19.) Su referencia a “derrumbar cosas fuertemente atrincheradas” (2Co 10:4) corresponde en esencia a la forma en que se traduce una parte de Proverbios 21:22 en la Septuaginta griega. Pablo conocía la tendencia humana a dejarse atraer por quienes tienen una educación destacada, un gran talento o una personalidad y manera de hablar enérgicas; sabía que las ‘palabras en tranquilidad de un hombre sabio pero necesitado’ a menudo se pasan por alto para prestar atención a quienes dan una mayor apariencia de poderío. (Compárese con Ec 9:13-17.) Hasta a Jesús, que carecía de la riqueza y posición terrestre de Salomón pero sí tenía mucha más sabiduría, tuvieron poco respeto y apenas prestaron atención los gobernantes y el pueblo. (Compárese con Mt 12:42; 13:54-58; Isa 52:13-15; 53:1-3.)

A aquellos que se jactaban de sus aptitudes personales (contrástese con Jer 9:23, 24), pero carecían de un buen corazón, la presencia de Pablo les parecía “débil, y su habla desdeñable”. (2Co 5:12; 10:10.) Sin embargo, Pablo siempre evitó el habla extravagante y el hacer gala de sabiduría y poder persuasivo humanos, con el fin de que la fe de sus oyentes se edificara con el poder del espíritu de Dios y se fundara en Cristo, no en la “sabiduría de los hombres”. (1Co 1:17; 2:1-5; 2Co 5:12.) Demostró tener visión espiritual y ser un “sabio director de obras”, no de edificaciones materiales, sino espirituales, trabajando como colaborador de Dios en la preparación de discípulos que reflejaran verdaderas cualidades cristianas. (1Co 3:9-16.)

Por consiguiente, sin importar cuánta sabiduría del mundo pudiera tener alguien en el sentido de destreza en ciertos oficios, sagacidad en el comercio, habilidad administrativa o conocimientos científicos o filosóficos, la regla era: “Si alguno entre ustedes piensa que es sabio en este sistema de cosas, hágase necio, para que se haga sabio”. (1Co 3:18.) Solo debería jactarse de ‘tener perspicacia y conocimiento de Jehová, Aquel que ejerce bondad amorosa, derecho y justicia en la tierra’, pues es en esto en lo que Jehová se deleita. (Jer 9:23, 24; 1Co 1:31; 3:19-23.)

Una administración sabia. La sabiduría personificada dice de sí misma: “Yo tengo consejo y sabiduría práctica. Yo... entendimiento; yo tengo poderío. Por mí reyes mismos siguen reinando, y altos funcionarios mismos siguen decretando justicia. Por mí príncipes mismos siguen gobernando como príncipes, y todos los nobles están juzgando en justicia. A los que me aman, yo misma los amo, y los que me buscan son los que me hallan”. (Pr 8:12, 14-17.) El rey mesiánico manifiesta esa misma clase de sabiduría que procede de Dios. (Isa 11:1-5; compárese con Rev 5:12.) Esta clase de sabiduría es superior a las aptitudes que una persona pudiera tener o cultivar en circunstancias normales, y hace a la persona sabia en el manejo de los principios de la ley divina, lo que, con la ayuda del espíritu de Dios, la capacita para tomar decisiones judiciales rectas e imparciales. (Esd 7:25; 1Re 3:28; Pr 24:23; compárese con Dt 16:18, 19; Snt 2:1-9.) Tal clase de sabiduría no es indiferente a la maldad, más bien, lucha contra ella. (Pr 20:26.)

A los hombres en los que se delegan responsabilidades en la congregación cristiana, no se les escoge por ser personas influyentes en el mundo, inteligentes o por sus aptitudes naturales, sino por estar ‘llenos de espíritu y sabiduría [divina]’. (Hch 6:1-5; compárese con 1Ti 3:1-13; Tit 1:5-9.) Jesús prometió que enviaría esta clase de hombres, “profetas y sabios e instructores públicos”, para que también sirvieran de jueces y consejeros de la congregación, como los del antiguo Israel. (Mt 23:34; 1Co 6:5.) Estos hombres reconocían la importancia de consultar los asuntos entre sí. (Pr 13:10; 24:5, 6; compárese con Hch 15:1-22.)

Adquirir sabiduría verdadera. El proverbio aconseja: “Compra la verdad misma y no la vendas... sabiduría y disciplina y entendimiento”. (Pr 23:23.) Jehová, la Fuente de la sabiduría verdadera, la concede generosamente a los que la buscan con sinceridad, la piden con fe y muestran un temor racional y reverente a Él. (Pr 2:1-7; Snt 1:5-8.) Pero el que la busca debe invertir tiempo en el estudio de la Palabra de Dios, aprender sus mandamientos, leyes, recordatorios y consejo, examinar la historia de las acciones y las obras de Dios y luego aplicar todo ello a su vida. (Dt 4:5, 6; Sl 19:7; 107:43; 119:98-101; Pr 10:8; compárese con 2Ti 3:15-17.) Tal persona compra el tiempo oportuno, no actuando de manera irrazonable en un tiempo inicuo, sino “percibiendo cuál es la voluntad de Jehová”. (Ef 5:15-20; Col 4:5, 6.) Tiene que cultivar una fe firme y una convicción inquebrantable en que el poder de Dios es invencible, en que su voluntad tendrá éxito seguro y en que verdaderamente tiene la capacidad de recompensar la fidelidad de sus siervos y cumplirá su promesa de hacerlo. (Heb 11:1, 6; 1Co 15:13, 14, 19.)

Solo de esta manera puede la persona tomar decisiones correctas en cuanto a su proceder en la vida y no desviarse por causa del temor, la avaricia, el deseo inmoral y otras emociones perjudiciales. (Pr 2:6-16; 3:21-26; Isa 33:2, 6.) Es tal como dice la sabiduría personificada: “Feliz es el hombre que me está escuchando al mantenerse despierto a mis puertas día a día, vigilando a los postes de mis entradas. Porque el que me halla ciertamente halla la vida, y consigue buena voluntad de Jehová. Pero el que no me alcanza hace violencia a su alma; todos los que me odian con intensidad son los que de veras aman la muerte”. (Pr 8:34-36; 13:14; 24:13, 14.)

La relación entre la sabiduría y el corazón. La inteligencia es, obviamente, un factor muy importante en la sabiduría; sin embargo, el corazón, que no solo está relacionado con el pensamiento, sino también con los motivos y los afectos, es un factor aún más importante para conseguir la sabiduría verdadera. (Sl 49:3, 4; Pr 14:33; véase CORAZÓN.) El siervo de Dios quiere obtener “sabiduría pura” en su “yo secreto”, tener un motivo sabio al planear su proceder en la vida. (Compárese con Sl 51:6, 10; 90:12.) “El corazón del sabio está a su diestra [es decir, listo para ayudarle y protegerle en momentos críticos (compárese con Sl 16:8; 109:31)], pero el corazón del estúpido a su siniestra [incapaz de incentivarle a un proceder sabio].” (Ec 10:2, 3; compárese con Pr 17:16; Ro 1:21, 22.) La persona verdaderamente sabia ha entrenado y disciplinado su corazón en el camino de la sabiduría (Pr 23:15, 16, 19; 28:26); es como si hubiese escrito mandamientos y leyes justos ‘sobre la tabla de su corazón’. (Pr 7:1-3; 2:2, 10.)

La experiencia y las buenas compañías. La experiencia contribuye sensiblemente a la sabiduría. Hasta la sabiduría de Jesús aumentó según fueron transcurriendo los años de su niñez. (Lu 2:52.) Moisés designó como principales a hombres que eran “sabios y discretos y experimentados”. (Dt 1:13-15.) Aunque se puede obtener cierto grado de sabiduría al sufrir castigo u observar a otros recibirlo (Pr 21:11), una mejor manera de adquirir sabiduría, y que además ahorra tiempo, es beneficiarse y aprender de la experiencia de los que ya son sabios, prefiriendo su compañía a la de “los inexpertos”. (Pr 9:1-6; 13:20; 22:17, 18; compárese con 2Cr 9:7.) Es más probable que tengan tal sabiduría las personas mayores, en particular aquellas que dan muestras de tener el espíritu de Dios. (Job 32:7-9.) Esto se ilustró de manera notable en el tiempo del reinado de Rehoboam. (1Re 12:5-16.) Sin embargo, “mejor es un niño necesitado, pero sabio [hablando relativamente], que un rey viejo, pero estúpido, que no ha llegado a saber lo suficiente como para que se le advierta ya más”. (Ec 4:13-15.)

Las puertas de la ciudad (que solían dar a una plaza pública) eran lugares donde los ancianos daban consejo sabio y tomaban decisiones judiciales. (Compárese con Pr 1:20, 21; 8:1-3.) Las personas tontas no solían hablar en ese ambiente, ni solicitando sabiduría ni ofreciéndola, sino en otros lugares. (Pr 24:7.) Aunque la asociación con los sabios supone disciplina y alguna que otra reprensión, esto es mucho mejor que la canción y la risa del estúpido. (Ec 7:5, 6.) La persona que se aísla, y así busca su propio punto de vista estrecho y restringido de la vida, así como sus propios deseos egoístas, finalmente se desvía en una dirección contraria a toda sabiduría práctica. (Pr 18:1.)

Se manifiesta en la conducta y el habla personal. Proverbios 11:2 dice que “la sabiduría está con los modestos”; Santiago habla de la “apacibilidad que pertenece a la sabiduría”. (Snt 3:13.) Los celos, la contienda, la jactancia y la terquedad ponen de manifiesto que falta sabiduría verdadera y que la persona que manifiesta esas actitudes se deja guiar más bien por la sabiduría que es “terrenal, animal, demoníaca”. La sabiduría verdadera es “pacífica, razonable, lista para obedecer”. (Snt 3:13-18.) “La vara de la altivez está en la boca del tonto, pero los mismísimos labios de los sabios los guardarán.” Sabiamente se abstienen de hablar de manera presuntuosa, áspera o imprudente. (Pr 14:3; 17:27, 28; Ec 10:12-14.) De la lengua y de los labios del sabio sale habla bien pensada, curativa, agradable y beneficiosa (Pr 12:18; 16:21; Ec 12:9-11; Col 3:15, 16), y en lugar de promover problemas, intentan producir calma y ‘ganar almas’ por medio de persuasión sabia. (Pr 11:30; 15:1-7; 16:21-23; 29:8.)

Aquellas personas que se hacen ‘sabias a sus propios ojos’ y se elevan sobre los demás (incluso sobre Dios) son peores que el que es estúpido, pero que no intenta disimularlo. (Pr 26:5, 12; 12:15.) La persona engreída es demasiado orgullosa para aceptar que se la corrija. (Pr 3:7; 15:12; Isa 5:20, 21.) Paradójicamente, tanto el que es perezoso como el de vida acomodada son proclives a esta actitud. (Pr 26:16; 28:11; compárese con 1Ti 6:17.) No obstante, el censurador es para el oído receptivo como ‘un arete de oro y un adorno especial a su oído’ (Pr 25:12); en efecto, “da una censura a un sabio, y te amará”. (Pr 9:8; 15:31-33.)

La sabiduría en la familia. La sabiduría edifica la casa, no solo el edificio, sino la familia, y le proporciona prosperidad. (Pr 24:3, 4; compárese con Pr 3:19, 20; Sl 104:5-24.) Los padres sabios no retienen la vara y la censura, sino que protegen a sus hijos contra la delincuencia por medio de la disciplina y el consejo. (Pr 29:15.) La esposa sabia contribuye en gran manera al éxito y la felicidad de la familia. (Pr 14:1; 31:26.) Los hijos que se someten sabiamente a la disciplina de los padres regocijan y honran a la familia, defendiendo su reputación contra la calumnia o acusación y dando prueba a otros de la sabiduría y la educación que han recibido de sus padres. (Pr 10:1; 13:1; 15:20; 23:24, 25; 27:11.)