Qué hacer cuando surgen desavenencias matrimoniales

AUNQUE a nadie con sentido común le agradan las discusiones de pareja, están a la orden del día. Es frecuente que uno de los cónyuges diga algo que irrite al otro. Entonces, se alza la voz y se saca el mal genio, lo que da pie a una discusión acalorada salpicada de sarcasmo. A ello le sigue un silencio glacial, pues ninguno se dirige la palabra. Pasan las horas, desaparece la ira y se intercambian disculpas. Se ha restaurado la paz, al menos hasta la siguiente riña.

Las desavenencias matrimoniales son el tema recurrente de chistes y programas de televisión, pero en realidad no tienen nada de divertidas. Tanto es así que un proverbio bíblico dice: “Las palabras desconsideradas hieren como una espada” (Proverbios 12:18, La Nueva Biblia Latinoamérica, 2002). En efecto, las palabras ofensivas quizás produzcan heridas emocionales que tarden mucho tiempo en sanar, incluso pueden desembocar en violencia doméstica (Éxodo 21:18).

Claro está, a veces es inevitable que surjan problemas en el matrimonio debido a la imperfección humana (Génesis 3:16; 1 Corintios 7:28). Con todo, las continuas disputas acaloradas no deben verse como algo normal. Los especialistas en el tema dicen que los matrimonios que suelen pelear corren mayor riesgo de acabar en divorcio; de ahí la importancia de aprender a resolver las desavenencias con calma.

Evalúe la situación

Si a menudo riñe con su cónyuge, trate de determinar si se repite la misma historia. Normalmente, ¿qué ocurre cuando aflora un desacuerdo? ¿Deriva rápidamente la conversación en una lluvia de insultos y acusaciones? En tal caso, ¿qué puede hacerse?

En primer lugar, analícese honradamente para ver cómo contribuye usted a la situación. ¿Pierde rápido los estribos? ¿Es de por sí discutidor? ¿Qué opinaría su cónyuge si se le consultara? Esta última pregunta reviste mucha importancia, pues tal vez su pareja tenga un punto de vista diferente al suyo sobre lo que constituye ser discutidor.

Por ejemplo, suponga que su cónyuge es algo reservado, mientras que usted es franco y muy apasionado cuando se expresa. Usted podría argumentar: “Todos en mi familia hablaban así cuando yo era niño. ¡No estoy peleando!”. Y quizás no lo esté haciendo, desde su óptica. Pero, posiblemente, lo que usted cree que es una forma de hablar directa y sin rodeos, para su cónyuge es una discusión cargada de palabras hirientes y agresivas. Algo tan sencillo como ser consciente de que cada persona tiene una manera diferente de comunicarse puede evitar malentendidos.

Recuerde también que no hace falta gritar para reñir. Pablo escribió a los cristianos: “Que se quiten toda [...] gritería y habla injuriosa” (Efesios 4:31). El término “gritería” alude al acto de levantar la voz, mientras que la expresión “habla injuriosa”, al contenido del mensaje. Por lo tanto, hasta los susurros pueden ser ofensivos si pretenden irritar o humillar.

Teniendo esto presente, reexamine la manera de resolver desavenencias con su cónyuge. ¿Es usted discutidor? Como hemos visto, la auténtica respuesta a esta pregunta depende en gran manera del concepto que su cónyuge tenga de usted. En vez de pasar por alto su opinión tildándola de exagerada, trate de verse usted mismo como él lo ve y haga los cambios pertinentes. Pablo escribió: “Que cada uno siga buscando, no su propia ventaja, sino la de la otra persona” (1 Corintios 10:24).

“Presten atención a cómo escuchan”

De las siguientes palabras de Jesús se desprende otro consejo: “Presten atención a cómo escuchan” (Lucas 8:18). Es cierto, Jesús no hablaba aquí de la comunicación en el matrimonio, pero el principio puede aplicarse. ¿Hasta qué punto escucha a su cónyuge? ¿Lo escucha, o lo interrumpe bruscamente dándole soluciones mecánicas a problemas que usted no entiende bien? “Cuando alguien responde a un asunto antes de oírlo, eso es tontedad de su parte y una humillación”, afirma la Biblia (Proverbios 18:13). Si los esposos discrepan sobre algún asunto, es preciso que hablen y se presten verdadera atención el uno al otro.

En lugar de restar importancia a la opinión de su cónyuge, procure compartir “sentimientos como compañeros” (1 Pedro 3:8). La palabra griega que se utiliza aquí denota básicamente la idea de sufrir con la otra persona. Si a su pareja le angustia algo, usted también debería sentir lo mismo. Trate de ver el asunto desde la perspectiva de su compañero.

Al parecer, Isaac, hombre temeroso de Dios, hizo precisamente así. La Biblia cuenta que su esposa, Rebeca, estaba muy preocupada por un asunto familiar relacionado con su hijo Jacob. “He llegado a aborrecer esta vida mía a causa de las hijas de Het —le dijo a Isaac—. Si alguna vez Jacob toma esposa de las hijas de Het como estas de las hijas del país, ¿de qué me sirve la vida?” (Génesis 27:46.)

Es muy probable que, debido a su ansiedad, Rebeca exagerara sus comentarios. Después de todo, ¿aborrecía de verdad la vida? ¿Preferiría en serio morir si su hijo se casaba con una de las hijas de Het? Posiblemente no. Aun así, Isaac no minimizó la aflicción de Rebeca, sino que reconoció que ella tenía razón para preocuparse y obró en consecuencia (Génesis 28:1). La próxima vez que algo inquiete a su cónyuge, actúe como Isaac. En vez de tratar su inquietud como algo trivial, escúchelo, respete su opinión y respóndale con compasión.

El valor de escuchar y tener perspicacia

Un proverbio bíblico reza así: “La perspicacia del hombre ciertamente retarda su cólera” (Proverbios 19:11). Cuando los ánimos están caldeados, es muy fácil reaccionar impulsivamente a las palabras cortantes que lanza el cónyuge, lo que suele añadir más leña al fuego. Por consiguiente, al escucharlo, resuélvase no solo a oír las palabras, sino también a percibir los sentimientos ocultos. Tal perspicacia le ayudará a no tomarse como un agravio personal lo que le diga y a llegar a la raíz del problema.

Supongamos que su esposa le reprocha: “¡Nunca me dedicas tiempo!”. Usted podría irritarse y negar la acusación fríamente, argumentando: “¡Pasamos todo un día juntos el mes pasado!”. Pero si presta atención, quizás se dé cuenta de que su esposa en realidad no le está pidiendo que pase más minutos ni horas con ella, sino que le confirme su amor, pues se siente abandonada y falta de cariño.

Ahora, esposa, imagínese que su marido le expresa su preocupación sobre una compra reciente. “¿Cómo has podido gastar tanto dinero?”, le pregunta asombrado. Usted se siente impulsada a defenderse presentando datos sobre la economía familiar o comparando su compra con una que hizo él. Sin embargo, la perspicacia le ayudará a ver que su esposo tal vez no esté refiriéndose al dinero invertido. Más bien, quizás le moleste que no le haya consultado a la hora de efectuar una compra grande.

Por supuesto, cada matrimonio tiene que decidir cuánto tiempo pasar juntos y cómo manejar la economía familiar. La idea es que cuando se produzcan fricciones, se actúe con perspicacia a fin de aplacar la cólera y permitir que ambos vean los verdaderos problemas. En vez de reaccionar por impulso, siga el consejo de Santiago de ser “presto en cuanto a oír, lento en cuanto a hablar [y] lento en cuanto a ira” (Santiago 1:19).

Al hablar, recuerde que el modo de hacerlo es muy importante. La Biblia dice que “la lengua de los sabios es una curación” (Proverbios 12:18). Cuando usted se ve envuelto en una discusión, ¿hiere con sus palabras, o sana? ¿Levanta barreras, o allana el camino de la reconciliación? Como hemos repasado, las respuestas airadas o impulsivas solo suscitan contiendas (Proverbios 29:22).

Si una desavenencia deriva en una pelea verbal, esfuércese por no alejarse de lo más importante. Concéntrese en la raíz del problema, y no en la persona. Interésese más en qué debe hacerse que en quién tiene razón. Trate de no avivar el fuego con sus expresiones. La Biblia advierte: “La palabra que causa dolor hace subir la cólera” (Proverbios 15:1). En efecto, lo que se diga y cómo se diga puede marcar la diferencia a la hora de obtener la cooperación de su cónyuge.

Intente resolver disputas, no ganarlas

Cuando surgen disputas, la meta es resolverlas, no ganarlas. ¿Cómo llegar a una solución? La mejor manera es hacer todo lo posible por aplicar los consejos bíblicos; en esto el esposo es quien debería tomar la iniciativa. En vez de expresar enseguida opiniones rotundas sobre el asunto en cuestión, ¿por qué no mejor buscar el criterio de Jehová? Debe orar y buscar la paz de Dios para que guarde su corazón y sus facultades mentales (Efesios 6:18; Filipenses 4:6, 7). Esfuércese sinceramente por velar no solo por sus propios intereses, sino también por los de su esposa (Filipenses 2:4).

Lo que suele empeorar una situación es permitir que los sentimientos heridos e incontrolados dominen los pensamientos y las acciones. Por otra parte, estar dispuestos a recibir corrección de la Palabra de Dios propicia la paz y la concordia y nos procura la bendición de Jehová (2 Corintios 13:11). Por lo tanto, si dejamos que “la sabiduría de arriba” nos guíe y manifestamos cualidades piadosas, cosecharemos beneficios, pues estaremos “haciendo la paz” (Santiago 3:17, 18).

Todos deberíamos aprender a resolver las desavenencias de forma pacífica, incluso si para ello tenemos que sacrificar preferencias personales (1 Corintios 6:7). De hecho, hemos de seguir la exhortación de Pablo y desechar toda “ira, cólera, maldad, habla injuriosa y habla obscena de [nuestra] boca”, así como desnudarnos “de la vieja personalidad con sus prácticas, y [vestirnos] de la nueva personalidad” (Colosenses 3:8-10).

Como es natural, en ocasiones usted dirá algo que luego lamente (Santiago 3:8). Entonces, discúlpese con su cónyuge. Siga esforzándose. Con el tiempo, tanto usted como su cónyuge seguramente notarán una considerable mejoría en la manera de tratar las desavenencias matrimoniales.

[Ilustración y recuadro de la página 22]

Tres consejos para apaciguar los ánimos

• Escuche a su cónyuge (Proverbios 10:19)

• Respete su opinión (Filipenses 2:4)

• Responda con cariño (1 Corintios 13:4-7)

[Ilustración y recuadro de la página 23]

Lo que puede hacer ahora

Pregunte a su cónyuge lo siguiente y escuche sus respuestas sin interrumpirle. Luego pueden invertirse los papeles.

• ¿Suelo ser discutidor?

• ¿Presto verdadera atención cuando te expresas, o respondo impulsivamente antes de que termines de hablar?

• ¿Reflejan mis palabras insensibilidad o enfado?

• ¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra forma de comunicarnos, en especial cuando no concordamos en algún asunto?

[Ilustración de la página 21]

¿Escucha usted?

[Ilustración de la página 22]

“Me tienes abandonada y ya no me quieres”

[Ilustración de la página 22]

“¡Nunca me dedicas tiempo!”

[Ilustración de la página 22]

“Pasamos todo un día juntos el mes pasado”