Cómo llegar a ser hijos de Dios

UNOS treinta años después de la guerra de Corea, el sistema de radiodifusión coreano lanzó un programa para ayudar a la gente a localizar a miembros de su familia con quienes habían perdido el contacto a raíz de la guerra. ¿Con qué resultado? Más de once mil personas se reencontraron con sus seres queridos entre lágrimas, sollozos y abrazos. El periódico The Korea Times informó: “Nunca en la historia del pueblo coreano se han derramado —de forma espontánea y al mismo tiempo— tantas lágrimas de alegría”.

En Brasil, un bebé llamado Cézar fue entregado en pago de una deuda. Cuando diez años después encontró a su verdadera madre, se sintió tan feliz que dejó a sus ricos padres adoptivos para irse a vivir con ella.

Las familias que se han visto separadas sienten una inmensa alegría cuando se reencuentran. La Biblia explica cómo los seres humanos quedaron trágicamente separados de la familia de Dios, pero también revela que en la actualidad se está produciendo un feliz reencuentro. ¿Cómo sucedió? ¿Y de qué manera puede usted compartir dicha felicidad?

Cómo se separó la familia de Dios

El salmista dijo lo siguiente respecto al Creador, Jehová Dios: “Contigo está la fuente de la vida” (Salmo 36:9). Jehová es el Padre de una gran familia universal de fieles criaturas inteligentes. Dicha familia consta de dos ramas: una en los cielos, compuesta de ángeles, que son sus hijos espirituales, y otra en la Tierra, integrada por seres humanos, que serán sus hijos terrenales.

Tal como se explicó en el artículo anterior, cuando Adán, el primer hijo humano de Dios, se rebeló, la humanidad se vio tristemente separada de su amoroso Padre y Creador (Lucas 3:38). Debido a su rebelión, Adán perdió para sí y para sus descendientes —aún por nacer— el privilegio de ser hijos de Dios. Mediante su siervo Moisés, Jehová señaló las consecuencias de aquella rebelión: “Ellos han obrado ruinosamente por su propia cuenta; no son hijos de [Dios]; el defecto es de ellos mismos”. Aquel “defecto”, o naturaleza pecaminosa, separó a los seres humanos de Dios, quien es santo y perfecto en todo (Deuteronomio 32:4, 5; Isaías 6:3). En cierto sentido, fue como si la humanidad se hubiera quedado perdida y huérfana (Efesios 2:12).

Para destacar el grado de aislamiento en el que se hallan los humanos, la Biblia se refiere a quienes no pertenecen a la familia divina como “enemigos” (Romanos 5:8, 10). Al estar apartada de Dios, la humanidad ha sufrido debido al cruel dominio de Satanás y a los efectos mortales del pecado y la imperfección heredados (Romanos 5:12; 1 Juan 5:19). Entonces, ¿pueden los humanos pecadores formar parte de la familia de Dios? ¿Es posible que criaturas imperfectas lleguen a ser hijos de Dios en el sentido más pleno, tal como lo eran Adán y Eva antes de pecar?

Se reúne a los hijos alejados

Jehová, en su gran amor, dispuso lo necesario para ayudar a las personas imperfectas que lo aman (1 Corintios 2:9). El apóstol Pablo explica: “Dios mediante Cristo estaba reconciliando consigo mismo a un mundo, no imputándoles sus ofensas” (2 Corintios 5:19). En el artículo anterior se explicó que Jehová entregó a Jesucristo como rescate por nuestros pecados (Mateo 20:28; Juan 3:16). El apóstol Juan escribió agradecido: “¡Vean qué clase de amor nos ha dado el Padre, de modo que se nos llame hijos de Dios!” (1 Juan 3:1). De esa forma, se abrió una puerta para que la humanidad obediente volviera a formar parte de la familia de Jehová.

Aunque todos los humanos que formen parte de la familia de Dios disfrutarán de una maravillosa unidad bajo el cuidado de su Padre celestial, conviene notar que en la Biblia se explica que formarán dos grupos distintos. Efesios 1:9, 10 dice: “Es según su beneplácito que él [Dios] se propuso en sí mismo para una administración al límite cabal de los tiempos señalados, a saber: reunir todas las cosas de nuevo en el Cristo, las cosas en los cielos y las cosas en la tierra”. ¿Por qué lo ha dispuesto Dios de ese modo?

El hecho de que Jehová organice a sus hijos en dos grupos contribuye en realidad a la armonía de su familia, y no resulta difícil comprender por qué. La familia de Dios es tan grande que se la puede comparar a una nación. En cada nación se escoge a una cantidad limitada de personas para que formen el gobierno, de modo que los demás se beneficien de la ley y el orden. Es obvio que ningún gobierno humano ha traído verdadera paz, pero Dios ha establecido un gobierno perfecto para su familia. El primer grupo, el de “las cosas en los cielos”, está compuesto por los hijos de Dios a quienes él selecciona para que constituyan un gobierno, o reino, en el cielo. Desde allí “han de reinar sobre la tierra” (Revelación [Apocalipsis] 5:10).

Hijos de Dios en la Tierra

Jehová está reuniendo también a “las cosas en la tierra”, es decir, a millones de personas de todo lugar, para que con el tiempo lleguen a ser sus hijos terrenales. Como un padre tierno, les inculca su modo de actuar amoroso, de forma que, aunque procedan de muchas naciones, estén unidos y en paz. La invitación a “reconc[iliarse] con Dios” se extiende incluso a personas que no le obedecen y son violentas, egoístas e inmorales (2 Corintios 5:20).

¿Qué pasará con quienes rechacen la invitación de Dios a reconciliarse con él a fin de ser hijos suyos? Para garantizar la paz y armonía de su familia, Jehová tomará medidas firmes contra tales personas. Habrá un “día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos” (2 Pedro 3:7). Dios eliminará de la Tierra a los rebeldes. ¡Qué gran alivio supondrá eso para los obedientes! (Salmo 37:10, 11.)

A continuación habrá un período de paz de mil años, durante los cuales todo el que responda al amor de Dios recuperará gradualmente la vida perfecta que Adán perdió. Incluso los muertos serán resucitados (Juan 5:28, 29; Revelación 20:6; 21:3, 4). Dios cumplirá de este modo su promesa: “La creación [humana] misma también será libertada de la esclavitud a la corrupción y tendrá la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:21).

Cómo reconciliarse con el Padre

Tanto Cézar como los miles de coreanos mencionados al principio de este artículo tuvieron que hacer algo para reunirse de nuevo con sus familias. Aquellos coreanos tuvieron que participar en un programa de televisión, y Cézar dejó a sus padres adoptivos. De igual manera, usted quizás tenga que emprender alguna acción decisiva para reconciliarse con su Padre celestial, Jehová Dios, y llegar a formar parte de su familia. ¿Qué debe hacer?

Si desea acercarse a Dios como Padre, tiene que estudiar su Palabra, la Biblia, a fin de cultivar una fe firme en él y en sus promesas. Aprenderá a confiar en que los mandatos de Dios son para su beneficio. También tendrá que aceptar la corrección y la disciplina divinas, pues la Biblia asegura a los cristianos: “Dios está tratando con ustedes como con hijos. Pues, ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” (Hebreos 12:7).

Dar estos pasos cambiará por completo su modo de vida. Las Escrituras aconsejan que debemos “ser hechos nuevos en la fuerza que impulsa [nuestra] mente” y debemos vestirnos “de la nueva personalidad que fue creada conforme a la voluntad de Dios en verdadera justicia y lealtad” (Efesios 4:23, 24). Además, hay que seguir el consejo del apóstol Pedro: “Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios” (1 Pedro 1:14, Versión Popular).

Encuentre a su verdadera familia

Cuando Cézar encontró a su madre, descubrió encantado que tenía, además, un hermano y una hermana. De igual modo, cuando usted se acerque a su Padre celestial, descubrirá que en la congregación cristiana tiene muchos hermanos. A medida que los trate, sentirá que su relación con ellos es tan estrecha o más que si fueran miembros de su familia carnal (Hechos 28:14, 15; Hebreos 10:24, 25).

Se le invita a unirse a su verdadero Padre y sus verdaderos hermanos. La alegría que sentirá será tan grande como la que experimentaron Cézar y los miles de coreanos que volvieron a reunirse con sus familias.

[Ilustración de la página 8]

Cézar a los 19 años con su madre

[Ilustraciones de la página 10]

Dé pasos para acercarse a Dios