• La Atalaya 2008
  • ¿Toma usted en cuenta el propósito de Dios al planear el futuro?

¿Toma usted en cuenta el propósito de Dios al planear el futuro?

EN LOS bosques del oeste norteamericano vive una avecilla de color gris claro conocida como el cascanueces de Clark. Todos los años es capaz de enterrar hasta 33.000 semillas en 2.500 lugares diferentes, en preparación para el crudo invierno. Desde luego, estas previsoras aves son “instintivamente sabias” (Proverbios 30:24).

Ahora bien, la capacidad del ser humano para prepararse para el futuro supera con mucho a la de cualquier otra criatura terrestre. ¿En qué sentido? En que puede extraer lecciones de sus vivencias y tenerlas en cuenta al hacer planes. El sabio rey Salomón describió muy acertadamente al ser humano cuando dijo: “Son muchos los planes que hay en el corazón del hombre” (Proverbios 19:21).

Pero una cosa es cierta: al hacer planes no podemos controlarlo todo; así que no nos queda otro remedio que basarnos en suposiciones, en lo que creemos que ocurrirá. Por ejemplo, cuando pensamos en lo que vamos a hacer mañana, damos por sentado que saldrá el Sol y que seguiremos vivos. Obviamente, la primera suposición es muy sólida, pero la segunda no lo es tanto. El escritor bíblico Santiago fue muy realista al decir: “No saben lo que será su vida mañana” (Santiago 4:13, 14).

Jehová Dios, en cambio, no está sujeto a estas incertidumbres. Él sabe “desde el principio el final” y llevará a cabo lo que se ha propuesto pase lo que pase. “Mi propio consejo [o propósito] subsistirá —asegura—, y todo lo que es mi deleite haré.” (Isaías 46:10.) Pero ¿qué ocurre cuando los planes de los humanos entran en conflicto con el propósito de Dios?

No tuvieron en cuenta el propósito de Dios

Hace unos cuatro mil años, un grupo de hombres trataron de impedir que se dispersara la humanidad y decidieron construir lo que llegó a conocerse como la torre de Babel. “¡Vamos! —dijeron—. Edifiquémonos una ciudad y también una torre con su cúspide en los cielos, y hagámonos un nombre célebre, por temor de que seamos esparcidos por toda la superficie de la tierra.” (Génesis 11:4.)

Sin embargo, lo que Dios tenía pensado para la Tierra era muy diferente, pues a Noé y sus hijos les había dicho: “Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra” (Génesis 9:1). ¿Qué decidió hacer Dios con los rebeldes de Babel? Hizo que empezaran a hablar en idiomas distintos para que no pudieran comunicarse. Y después “los esparció desde allí sobre toda la superficie de la tierra” (Génesis 11:5-8). Aquellos hombres aprendieron por las malas una importante lección: siempre que los planes humanos entran en conflicto con el propósito divino, lo que triunfa es la voluntad de Dios. La Biblia lo deja bien claro al decir: “El consejo de Jehová es lo que subsistirá” (Proverbios 19:21). ¿Tomará usted en cuenta estas lecciones del pasado?

Mucho dinero y muy poca sensatez

Es obvio que la mayoría de las personas no están planeando edificar una torre. Pero muchas sí tratan de engrosar su cuenta bancaria y acumular bienes a fin de tener una cómoda jubilación. Es normal que queramos disfrutar de todo lo que hemos conseguido con nuestro trabajo. El propio Salomón escribió: “Que todo hombre coma y realmente beba y vea el bien por todo su duro trabajo”. Y concluyó: “Es el don de Dios” (Eclesiastés 3:13).

Ahora bien, tendremos que rendir cuentas a Jehová por cómo usamos ese don divino. Este punto quedó claro en una parábola que narró Jesús hace casi dos mil años. Él dijo: “El terreno de cierto hombre rico produjo bien. Por consiguiente, él razonaba dentro de sí, diciendo: ‘¿Qué haré, ya que no tengo dónde recoger mis cosechas?’. De modo que dijo: ‘Haré esto: demoleré mis graneros y edificaré otros mayores, y allí recogeré todo mi grano y todas mis cosas buenas; y diré a mi alma: “Alma, tienes muchas cosas buenas almacenadas para muchos años; pásalo tranquila, come, bebe, goza”’” (Lucas 12:16-19). Los planes del rico podrían considerarse razonables, ¿verdad? Al igual que el ave mencionada al principio del artículo, este hombre parecía estar preparándose para satisfacer sus necesidades futuras.

No obstante, los razonamientos del rico tenían un grave defecto. Jesús añadió: “Pero Dios le dijo: ‘Irrazonable, esta noche exigen de ti tu alma. Entonces, ¿quién ha de tener las cosas que almacenaste?’” (Lucas 12:20). ¿Estaba contradiciendo Jesús lo que dijo Salomón, que el trabajo y su fruto son dones de Dios? En realidad no. Y eso lo sabemos por lo que dijo al final de la parábola: “Así pasa con el hombre que atesora para sí, pero no es rico para con Dios” (Lucas 12:21).

¿Qué quiso decir Jesús con esas palabras? Que Jehová desea que lo tomemos en cuenta a la hora de hacer planes. Aquel hombre tenía ante sí la oportunidad de hacerse rico a la vista de Dios aumentando su sabiduría y profundizando su devoción y amor a Dios. Pero sus palabras no revelan ningún interés en estas cosas. Tampoco manifestó intención alguna de dejar parte de la cosecha para que los pobres la recogieran, ni en presentar una ofrenda a Jehová. La espiritualidad y las obras altruistas no parecían formar parte de su vida. Estaba absorto en satisfacer sus deseos y en buscar su propia comodidad.

¿Se ha fijado en que hoy día mucha gente tiene las mismas prioridades que el hombre de la parábola de Jesús? Sea uno rico o pobre, es muy fácil adoptar una actitud materialista y dejar que las necesidades y los deseos de la vida ahoguen la espiritualidad. ¿Qué podemos hacer para no caer en esta trampa?

Planes para una vida “normal”

Quizá su situación económica no se parezca en nada a la del rico de la parábola de Jesús. Con todo, seguro que usted hace planes para satisfacer las necesidades de su familia y para proporcionar, en la medida de lo posible, una buena educación escolar a sus hijos. O si es soltero, posiblemente quiera conseguir un empleo o conservar el que ya tiene a fin de no ser una carga para nadie. Y no hay nada de malo en todo esto (2 Tesalonicenses 3:10-12; 1 Timoteo 5:8).

Sin embargo, el trabajo y las demás actividades de la vida podrían llevarnos en una dirección contraria a la voluntad de Dios. ¿Por qué decimos eso? La respuesta la encontramos en estas palabras de Jesús: “Así como eran los días de Noé, así será la presencia del Hijo del hombre. Porque como en aquellos días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, los hombres casándose y las mujeres siendo dadas en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no hicieron caso hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así será la presencia del Hijo del hombre” (Mateo 24:37-39).

Antes del Diluvio, la gente tenía lo que muchos consideraban una vida “normal”. El problema fue que “no hicieron caso” cuando se les informó que Dios eliminaría aquel malvado mundo con un diluvio de proporciones colosales. Sin duda pensaban que el estilo de vida de Noé era muy extraño. Pero en el Diluvio quedó claro que el planteamiento de vida más sensato fue el de Noé y su familia.

Todas las pruebas indican que vivimos en los últimos días (Mateo 24:3-12; 2 Timoteo 3:1-5). Dentro de poco, el Reino de Dios “triturará y pondrá fin” al actual sistema de cosas (Daniel 2:44). Bajo ese Reino, la Tierra se convertirá en un paraíso y desaparecerán las enfermedades y la muerte (Isaías 33:24; Revelación [Apocalipsis] 21:3-5). Tanto los seres humanos como los animales vivirán en armonía, y a nadie le faltará el alimento (Salmo 72:16; Isaías 11:6-9).

Pero antes de eso, Jehová quiere que las buenas nuevas de su Reino se prediquen “en toda la tierra habitada para testimonio a todas las naciones” (Mateo 24:14). En conformidad con el propósito de Dios, unos siete millones de testigos de Jehová están difundiendo —en más de cuatrocientos idiomas— estas buenas nuevas en 236 países y territorios.

Para este mundo, el estilo de vida de los Testigos puede parecer un tanto extraño, o hasta ridículo (2 Pedro 3:3, 4). Al igual que quienes vivieron antes del Diluvio, la mayoría de la gente está enfrascada en sus asuntos cotidianos. Algunos consideran que los que renuncian a una vida “normal” han perdido el juicio. Pero para los que tenemos fe en las promesas divinas, lo verdaderamente juicioso es concentrarse en servir a Dios.

Por eso, sea cual sea su situación económica, hará bien en evaluar de vez en cuando sus planes para el futuro cercano. La pregunta que no puede dejar sin contestar es esta: “¿Tomo en cuenta el propósito de Dios al planear el futuro?”.

[Ilustración de la página 11]

Siempre que los planes humanos entran en conflicto con el propósito divino, lo que triunfa es la voluntad de Jehová

[Ilustración de la página 12]

El hombre rico de la parábola de Jesús hizo planes sin tener presente el propósito de Dios