Examinemos cuál será “el final del camino”

LA VIDA es un viaje en el que pueden seguirse muchas rutas. Pero antes de emprender cualquiera de ellas, lo más prudente es examinar primero adónde irá a parar. Por no hacerlo, algunos han tenido que lamentar las decisiones que han tomado. Es muy posible que uno mismo se haya dicho: “De haber sabido cómo iban a terminar las cosas, no habría ido por esa dirección”.

El buen viajero se informa de adónde le llevan las carreteras que piensa recorrer. Quizás consulte un mapa o hable con gente que conozca bien el lugar. Y, sin duda, no pierde de vista las señales que va viendo. Ahora bien, en el viaje de la vida, ¿cómo se determina cuál es el mejor trayecto? Teniendo presentes las palabras que Dios dirigió a los antiguos israelitas por boca de Moisés: “Si fueran inteligentes podrían entenderlo, sabrían vislumbrar el final del camino” (Deuteronomio 32:29, La Nueva Biblia Latinoamérica, 1992).

El mejor consejo

No tenemos por qué andar con dudas sobre cuál será “el final del camino” que elijamos. Por su elevada posición, Jehová es el más indicado para decirnos cuál es la mejor senda que se abre ante nosotros. Ha visto los diversos derroteros que han seguido los seres humanos, así como los resultados que han tenido. Bien dice la Biblia: “Los caminos del hombre están enfrente de los ojos de Jehová, y él está contemplando todos sus senderos” (Proverbios 5:21).

Jehová se interesa mucho por quienes lo amamos. En su Palabra, la Biblia, nos ha trazado el mejor itinerario que existe. En efecto, nos asegura a cada uno de nosotros: “Te haré tener perspicacia, y te instruiré en el camino en que debes ir. Ciertamente daré consejo con mi ojo [velando por] ti”. En vista de lo anterior, antes de dar los primeros pasos en una determinada dirección, lo más sabio es buscar el consejo de Jehová. Eso es lo que hacía David, rey del antiguo Israel, quien oraba a Dios: “Dame a conocer el camino en que debo andar” (Salmo 32:8; 143:8).

Cuando seguimos las orientaciones de un viajero experimentado, nos sentimos confiados y seguros, sin miedo a perdernos. Ese fue el caso de David, quien pedía a Jehová que lo guiara y luego hacía caso de sus indicaciones. Por ello disfrutaba de la gran serenidad que plasmó en esta célebre poesía: “Jehová es mi Pastor. Nada me faltará. En prados herbosos me hace recostar; me conduce por descansaderos donde abunda el agua. Refresca mi alma. Me guía por los senderos trillados de la justicia por causa de su nombre. Aunque ande en el valle de sombra profunda, no temo nada malo” (Salmo 23:1-4).

¿Qué les espera a los malvados?

Otro salmista que también habló de su viaje por la vida (Asaf o uno de sus descendientes) admitió que hubo un momento en que sus pasos “casi se habían desviado” del buen camino. ¿Qué le había ocurrido? Le había entrado envidia de la “paz de los inicuos”, es decir, de la prosperidad de las personas deshonestas y violentas. Le parecía que se hallaban “en desahogo indefinidamente”. Y lo que es peor, tenía dudas de que él estuviera haciendo bien al mantenerse en la senda de la justicia (Salmo 73:2, 3, 6, 12, 13).

No obstante, el salmista decidió acudir al santuario de Jehová, donde estuvo orando y meditando sobre lo que iba a ocurrirles a los malvados. Como reconoció más tarde, “quería discernir el futuro de ellos”. Así que reflexionó sobre el sombrío panorama que les aguardaba a esos individuos que tanto había envidiado. Comprendió que se hallaban “en suelo resbaloso” y que acabarían cayendo, destruidos en medio de “repentinos terrores”. Pero ¿qué hay de la senda que él estaba siguiendo? Terminó por ver que era la mejor, pues le dijo a Jehová: “Después me llevarás [...] a la gloria” (Salmo 73:17-19, 24).

Al ver lo mal que acababan quienes se enriquecían rápidamente por medios ilícitos, el salmista se reafirmó en su postura: ¡él iba por buen camino! De modo que concluyó: “Acercarme a Dios es bueno para mí”. Ciertamente, mantenerse cerca de Jehová es siempre lo más beneficioso, tanto a corto como a largo plazo (Salmo 73:28).

“Examina bien el camino por donde quieres andar”

Al igual que el salmista, nosotros también nos enfrentamos a diversos dilemas. Por ejemplo, ¿qué haremos ante alguna oferta tentadora, como un contrato, un ascenso o la participación en alguna actividad lucrativa? Aunque es imposible eliminar por completo el factor riesgo, antes de decidir nada hacemos bien en analizar cuál podría ser “el final del camino” planteándonos preguntas como las siguientes: “¿Cuáles son las consecuencias más probables? ¿Tendré que estar lejos de la familia, con la consiguiente tensión para mi cónyuge y para mí mismo? ¿Me veré expuesto a malas compañías, posiblemente por el trato con los socios o con quienes conozca en los hoteles y otros lugares?”. Si sopesamos todas las implicaciones, podremos tomar una buena decisión. Sabiamente, Salomón dio este consejo: “Examina bien el camino por donde quieres andar” (Proverbios 4:26, Pontificio Instituto Bíblico, nota).

Esta recomendación, aplicable a circunstancias muy diversas, es pertinente para todos, pero particularmente para quienes carecen de la experiencia que dan los años. Fijémonos en lo que le sucedió a un joven por alquilar una película sabiendo que contenía escenas eróticas. Cuando terminó de verla estaba tan excitado que salió en busca de una prostituta que vivía cerca de su casa. ¿El resultado? Remordimiento, depresión y miedo a haber contraído alguna enfermedad. Había actuado tal y como describe la Biblia: “De repente él va tras ella, como toro que viene [...] al degüello”. ¡Si tan solo hubiese pensado antes en que al “final del camino” no le esperaba nada bueno...! (Proverbios 7:22, 23.)

Confiemos en las señales del camino

Por lo general, los automovilistas aceptan que es un error no hacer caso de las señales que encuentran a su paso. Sin embargo, en el viaje de la vida, muchos caen en un error parecido al verse ante “avisos” que no les gustan. Así actuaron ciertos israelitas contemporáneos de Jeremías. Cuando su nación se hallaba en una encrucijada, Jehová les recomendó: “Pregunten acerca de las veredas de mucho tiempo atrás, dónde [...] está el buen camino; y anden en él”. Pero ellos se rebelaron y replicaron con obstinación: “No vamos a andar [en él]” (Jeremías 6:16). ¿Cuál fue “el final del camino” que habían emprendido? Los habitantes de Jerusalén sufrieron la destrucción de su ciudad a manos de los babilonios en el año 607 antes de nuestra era y fueron llevados cautivos a Babilonia.

Pasar por alto las indicaciones de Dios nunca da buenos resultados. Por eso, las Escrituras hacen esta exhortación: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. En todos tus caminos tómalo en cuenta, y él mismo hará derechas tus sendas” (Proverbios 3:5, 6).

Algunas advertencias divinas son como las señales de “Prohibido el paso”. Por ejemplo, la Biblia dice: “No entres en la senda de los inicuos, y no andes directamente adelante al camino de los malos” (Proverbios 4:14). Otro camino peligroso se menciona en Proverbios 5:3, 4: “Como panal de miel los labios de una mujer extraña siguen goteando, y su paladar es más suave que el aceite. Pero el efecto que después viene de ella es tan amargo como el ajenjo; es tan agudo como una espada de dos filos”. Hay quienes consideran excitantes las relaciones sexuales prohibidas, sea que se mantengan con una prostituta o con cualquier otra persona. Sin embargo, no respetar los “letreros” morales de “Prohibido el paso” tiene consecuencias desastrosas.

Antes de dar el primer paso en una senda tan destructiva, pregúntese: “¿Adónde me llevará?”. A veces basta con detenerse a pensar cuál será “el final del camino” para convencerse de que es mejor evitarlo y ahorrarse así muchos sufrimientos. Quienes pasen por alto las advertencias no encontrarán a su paso más que problemas, como el sida y otras enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, abortos, relaciones destrozadas y conciencias culpables. Además, como dejó bien claro el apóstol Pablo, las personas que adopten la inmoralidad como estilo de vida “no heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9, 10).

“Este es el camino”

A veces no es fácil saber adónde nos llevan los pasos que damos. Por eso, estamos muy agradecidos de que Jehová se preocupe por nosotros y nos oriente. De hecho, es como si nos estuviera diciendo: “Este es el camino. Anden en él” (Isaías 30:21). ¿Y adónde nos conducirá ese sendero? Jesús señaló que, aunque sea estrecho y difícil, tiene como destino final la vida eterna (Mateo 7:14).

Reflexionemos por un momento en el rumbo de nuestra vida. ¿Será el más acertado? ¿Adónde nos llevará? Como hemos visto, debemos pedirle a Jehová que nos guíe y luego examinar el “mapa de carreteras”, la Biblia. Además, siempre podemos consultar a un “viajero” que lleve años recorriendo el camino de Dios. Y si vemos que hay que cambiar de dirección, no dudemos en hacerlo cuanto antes.

Cuando el viajero ve señales que le confirman que va por buen camino, encuentra un incentivo más para proseguir su marcha. De igual modo, si al examinar nuestra trayectoria en la vida descubrimos que continuamos marchando por la senda de la justicia, ¡ánimo y adelante! Lo mejor aún está por llegar (2 Pedro 3:13).

Todas las sendas conducen a algún lugar. ¿Adónde nos llevará la que hemos elegido? De nada nos servirá lamentarnos luego diciendo: “¡Ojalá hubiera tomado otro rumbo!”. Así que ahora mismo, antes de dar un paso más, preguntémonos: “¿Cuál va a ser ‘el final del camino’?”.

[Ilustraciones y recuadro de la página 10]

¿Cuál será “el final del camino”?

  Si eres joven, te verás expuesto a muchas tentaciones y presiones para que hagas cosas que la gente de tu edad considera normales. Imagínate estas situaciones:

Alguien te dice: “¿A que no te atreves a fumar un cigarrillo?”.

Con las mejores intenciones, un profesor te anima a ir a la universidad.

Te invitan a una fiesta donde va a haber alcohol y seguramente drogas.

Te preguntan: “¿Por qué no cuelgas tu perfil en Internet?”.

Una de tus amistades te invita a ver una película violenta o inmoral.

  ¿Qué harás en casos como estos? ¿Cederás a la presión, o pensarás con cuidado en cuál va a ser “el final del camino” que quieren que sigas? Harás bien en plantearte los peligros de “jugar con fuego”. Bien dice la Biblia: “¿Puede un hombre recoger fuego en el seno sin que se le quemen las [...] prendas de vestir? ¿O puede un hombre andar sobre las brasas sin que se le chamusquen los [...] pies?” (Proverbios 6:27, 28).