La ciudad de Corinto, “señora de dos puertos”

CUALQUIERA que mire un mapa de Grecia verá que el país está formado principalmente por una gran península y, más hacia el sur, por lo que parece ser una enorme isla. Pero si se fija mejor, se dará cuenta de que ambas partes están unidas por lo que se conoce como el istmo de Corinto. Esta estrecha franja de tierra —de unos seis kilómetros (cuatro millas) de ancho en su punto más estrecho— une la región más grande al norte con la península del Peloponeso al sur.

Este importante istmo también ha sido comparado a un puente en el mar. A un lado tiene el golfo Sarónico (o golfo de Egina), que conduce al mar Egeo y al Mediterráneo oriental, mientras que al otro está el golfo de Corinto, que da paso al mar Jónico, al Adriático y al Mediterráneo occidental. Y allí, en medio de todo, se encuentra la ciudad de Corinto —una importante parada de Pablo durante sus viajes apostólicos—, famosa en el mundo antiguo por su prosperidad, lujos y libertinaje.

Situación estratégica

La antigua ciudad de Corinto —ubicada en el extremo oeste del istmo— controlaba dos puertos, uno a cada lado de esta estrecha franja de tierra: Lequeo al oeste y Cencreas al este. De ahí que el geógrafo griego Estrabón la llamara “señora de dos puertos”. Gracias a su estratégica situación, dominaba un importante cruce de caminos del comercio internacional, pues allí confluían la ruta terrestre de norte a sur y la ruta marítima de este a oeste.

Desde la antigüedad, barcos desde oriente (Asia Menor, Siria, Fenicia y Egipto) y desde occidente (Italia y España) arribaban a sus puertos. Allí se descargaban las mercancías para transportarlas por tierra hasta el otro lado del istmo, a pocos kilómetros de distancia, donde se embarcaban nuevamente para continuar el viaje. Los barcos más pequeños atravesaban el istmo arrastrados a lo largo de una calzada especial llamada díolkos (véase el recuadro de la página 27).

Pero ¿por qué preferían los marineros esta ruta por tierra? Porque les ahorraba un peligroso viaje de 320 kilómetros (200 millas) por las agitadas aguas de los cabos del sur del Peloponeso, donde son frecuentes los temporales. En particular, deseaban evitar el cabo Maléas, del cual se decía: “Cuando dobles Maléas, olvídate de tu casa”.

Cencreas: un puerto sumergido

El puerto de Cencreas, situado a unos 11 kilómetros (7 millas) al este de Corinto, era el destino final de las rutas marítimas asiáticas. En la actualidad se encuentra medio sumergido debido a los terribles terremotos que sufrió la región a finales del siglo IV de nuestra era. Estrabón lo describió como un puerto bullicioso y próspero, y el filósofo romano Lucio Apuleyo señaló que era “un refugio muy seguro para las naves” y que estaba “siempre muy concurrido”.

En tiempos del Imperio romano había dos muelles que se adentraban en el mar a modo de herradura y creaban una entrada de entre 150 y 200 metros (450 y 600 pies) de ancho. El puerto podía recibir embarcaciones de hasta 40 metros (130 pies) de largo. En su extremo suroeste se han desenterrado restos de lo que se cree que era un santuario dedicado a la diosa Isis. Y en el extremo contrario se ha encontrado un grupo de edificios que probablemente constituían un templo de Afrodita. A ambas diosas se las consideraba las protectoras de los marineros.

Es posible que el dinámico comercio portuario haya influido mucho en que el apóstol Pablo trabajara haciendo tiendas de campaña en Corinto (Hechos 18:1-3). Según el libro De viaje con San Pablo, “cuando se acercaba el invierno, tenían los fabricantes de tiendas, que eran a la vez fabricantes de velas y tejedores de lonas en Corinto, más trabajos y encargos casi de lo que podían ejecutar. Con los dos puertos llenos de navíos anclados para el invierno y ansiosos de reequiparse, mientras los puertos estaban cerrados, los vendedores de efectos navales de Lechaion [Lequeo] y de Cencres [Cencreas] tendrían trabajo para casi todo hombre que fuera capaz de coser un trozo de lona”.

Tras pasar más de dieciocho meses en Corinto, Pablo se embarcó en Cencreas rumbo a Éfeso alrededor del año 52 de nuestra era (Hechos 18:18, 19). Se sabe que en algún momento de los siguientes cuatro años se formó una congregación cristiana en el puerto de Cencreas porque, según la Biblia, Pablo pidió a los hermanos romanos que ayudaran a Febe, una cristiana de la congregación que se reunía allí (Romanos 16:1, 2).

Hoy día, quienes visitan la cala de Cencreas pueden nadar en sus cristalinas aguas entre las ruinas del puerto sumergido. Pocos se imaginan cuánta actividad cristiana y comercial hubo allí hace siglos. Lo mismo puede decirse de Lequeo, el otro puerto de Corinto, en la orilla occidental del istmo.

Lequeo: puerta de entrada a Occidente

Para construir este puerto hubo que excavar una parte de la costa y, con los escombros, levantar un dique que protegiera los barcos atracados de los implacables vientos del golfo. En su tiempo, llegó a ser uno de los mayores puertos del Mediterráneo. Allí se han desenterrado restos de un faro, una estatua de Poseidón con una llama en la mano. También se construyó un camino pavimentado que llegaba hasta el ágora —la plaza del mercado de Corinto—, ubicada a dos kilómetros (una milla y media) de distancia.

Este camino contaba con aceras y muros dobles de protección, y discurría entre edificios gubernamentales, templos y tiendas bajo pórticos de columnas. Por allí circulaban compradores, vendedores, esclavos, hombres de negocios, e incluso ociosos con ganas de hablar. Sin duda, un campo fértil para la predicación del apóstol Pablo.

Lequeo no solo era un puerto comercial: también era una importante base naval. Algunos afirman que el trirreme —uno de los más poderosos barcos de guerra de la antigüedad— fue inventado por el armador corintio Ameinocles en los astilleros de Lequeo alrededor del año 700 antes de nuestra era. Este barco fue crucial para la gran victoria de los atenienses sobre la armada persa en la batalla de Salamina (480 antes de nuestra era).

De aquel dinámico puerto, hoy no queda más que una serie de negras lagunas llenas de juncos. Nadie diría que, siglos atrás, allí estuvo uno de los puertos más grandes del Mediterráneo.

Corinto y los cristianos

Los puertos de Corinto no solo convirtieron a la ciudad en un importante centro marítimo, sino que también la hicieron florecer económicamente. Por un lado, como el tráfico marítimo atraía el comercio, los corintios lograron amasar enormes fortunas cobrando elevadas tasas en los puertos y cuotas por el transporte de mercancías y barcos a través del díolkos. A esto se sumaban los impuestos al tránsito por tierra. Tantos eran los ingresos estatales recaudados en los mercados y los puertos, que a finales del siglo VII antes de nuestra era se eximió a los ciudadanos corintios de pagar impuestos.

Otra fuente de ingresos la constituían los mercaderes que había en la ciudad, muchos de los cuales se hicieron conocidos por su afición a los lujos desmedidos y a las juergas inmorales. Los marineros que acudían a raudales a Corinto también la enriquecían, pues según indica Estrabón, derrochaban su dinero. Además, la ciudad ofrecía multitud de servicios, entre ellos la reparación de barcos.

Por otro lado, Corinto era una ciudad que albergaba gente de diversos orígenes, pues en ella convivían griegos, romanos, sirios, egipcios y judíos. Se cree que en tiempos de Pablo tenía unos 400.000 habitantes, cantidad que solo superaban Roma, Alejandría y Antioquía de Siria. A través de sus puertos llegaban constantemente viajeros, asistentes a los juegos atléticos, artistas, filósofos y hombres de negocios, entre otros, que hacían ofrendas y sacrificios en los templos. Todo esto convertía a Corinto en una bulliciosa y activa metrópoli... pero había que pagar un precio.

El libro De viaje con San Pablo comenta: “No es extraño que Corinto, situada entre dos puertos tales, se hiciera una ciudad cosmopolita, teñida de los vicios de las naciones extrañas, cuyos barcos anclaban en sus puertos”. Así es, en Corinto coincidían todo tipo de vicios y debilidades de Oriente y Occidente. En medio de tanta decadencia moral y lujo desvergonzado, la ciudad se convirtió en la más inmoral de la antigua Grecia. Tanto fue así que vivir como los corintios —o “corintizarse”, como se decía entonces— equivalía a llevar una vida depravada.

Semejante entorno materialista e inmoral sin duda suponía una gran amenaza para el bienestar espiritual de los cristianos corintios. Era vital que se les recordara la importancia de contar con la aprobación de Dios. Por eso, en las cartas que les envió, Pablo criticó duramente la avaricia, la extorsión y la inmundicia moral. Basta leer estos escritos inspirados por Dios para percibir la poderosa influencia corruptora a la que se enfrentaban estos cristianos (1 Corintios 5:9, 10; 6:9-11, 18; 2 Corintios 7:1).

Con todo, tal ambiente cosmopolita también tenía sus ventajas. Al estar expuestos a un constante ir y venir de ideas, los habitantes de Corinto eran más tolerantes que los de otras ciudades que visitó el apóstol. “Oriente y Occidente se encontraban en esta antigua ciudad portuaria —explica cierto comentarista bíblico—, lo que exponía a los corintios a toda clase de ideas, filosofías y creencias religiosas que surgían en cualquier parte del mundo.” Como resultado, convivían pacíficamente multitud de cultos, lo que sin duda facilitó la predicación de Pablo.

Aunque los puertos de Corinto —Cencreas y Lequeo— contribuyeron a la prosperidad y fama de la ciudad, también expusieron a los cristianos a muchos peligros. Lo mismo pasa en el mundo actual. Numerosas influencias corruptoras, como el materialismo y la inmoralidad, amenazan la espiritualidad de los siervos de Dios. Así pues, todos hacemos bien en tomar a pecho las advertencias divinas que Pablo escribió a los cristianos corintios.

[Ilustración y recuadro de la página 27]

Díolkos: navegación por tierra

  Hacia finales del siglo VII antes de nuestra era, Periandro era gobernador de Corinto. Viendo que no salían adelante los planes de construir un canal, decidió montar un ingenioso sistema para “navegar” por el istmo.* Así pues, se construyó el díolkos (literalmente “tracción, o tiramiento, a través”), una calzada de losas con dos surcos paralelos en los que se colocaban rieles de madera untados con grasa. Al llegar los barcos a puerto, se desembarcaban las mercancías y se cargaban en plataformas con ruedas que los esclavos arrastraban por dicha calzada hasta llegar al otro puerto. En el caso de los barcos pequeños, también se los trasladaba de este modo, a veces con carga y todo.

[Nota]

Para saber cómo se construyó el canal moderno, véase el artículo “El canal de Corinto y su historia”, publicado en ¡Despertad! del 22 de diciembre de 1984, páginas 25 a 27.

[Mapa de la página 25]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

GRECIA

Golfo de Corinto

Puerto de Lequeo

Antigua Corinto

Cencreas

Istmo de Corinto

Golfo Sarónico

Peloponeso

MAR JÓNICO

Cabo Maléas

MAR EGEO

[Ilustración de la página 25]

Los barcos de carga actuales atraviesan el canal de Corinto

[Ilustración de la página 26]

Puerto de Lequeo

[Ilustración de la página 26]

Puerto de Cencreas

[Reconocimiento de la página 25]

Todd Bolen/Bible Places.com