¿Qué dice la Biblia del alcohol?

EN LAS Escrituras no se prohíbe consumir con moderación bebidas alcohólicas.* De hecho, es Dios mismo quien nos ha dado “el vino que alegra el ánimo, el aceite que hace brillar nuestra cara, y el alimento que sustenta al ser humano” (Salmo 104:15, La Palabra de Dios para Todos [PDT], nota). Hasta el propio Jesucristo contribuyó a la alegría de una boda convirtiendo agua en “el mejor vino” (Juan 2:3-10, Nueva Versión Internacional [NVI]).

Es obvio que el Creador, nuestro Padre celestial, conoce los efectos del alcohol en el cuerpo y el cerebro. Y como él quiere lo mejor para nosotros y desea que nos vaya bien, en la Biblia nos advierte seriamente contra el abuso de las bebidas (Isaías 48:17).

Allí encontramos advertencias como estas: “No se emborrachen, porque así echarán a perder su vida” (Efesios 5:18, PDT). Asimismo, las Escrituras revelan que “en el reino de Dios no tendrán parte [...] los borrachos” (1 Corintios 6:9-11, PDT, 2001). También condenan las “borracheras, [las] fiestas desenfrenadas y otros pecados parecidos” (Gálatas 5:19-21, Nueva Traducción Viviente).

Pero ¿de veras es tan perjudicial tomar mucho alcohol?

Peligros de beber demasiado

Es cierto que beber un poco de alcohol tiene efectos positivos, pero en grandes cantidades altera el funcionamiento de nuestra mente y nuestro organismo. Veamos algunas consecuencias de su abuso:

Nubla el juicio de la persona y le hace “pensar y decir tonterías” (Proverbios 23:33, Versión Popular). Alberto, mencionado en el artículo anterior, lo explica de este modo: “El alcoholismo es una enfermedad que no solo afecta el cuerpo; también afecta la forma de pensar y de actuar. Uno no ve el daño que les causa a los demás”.

Disminuye las inhibiciones. La Biblia dice: “Vino y vino dulce son lo que quitan el buen motivo” (Oseas 4:11). Así es, bajo los efectos del alcohol pueden empezar a parecernos admisibles —o incluso tentadores— ciertos deseos que solemos reprimir. Como resultado, es posible que restemos importancia a hacer lo que está bien, bajemos la guardia en cuestiones de moralidad y acabemos ofendiendo a Dios.

El caso de John lo ilustra bien. En una ocasión en la que había discutido con su esposa salió furioso hacia el bar. Ya había bebido varios tragos cuando se le acercó una mujer. Unas cuantas copas después, se fue con ella y cometió adulterio. Terriblemente arrepentido, John reconoció más tarde que, si no hubiera sido por el alcohol, nunca habría hecho algo semejante.

Hace perder el control de lo que se dice y se hace. “¿De quién son los lamentos? ¿De quién los pesares? ¿De quién son los pleitos? ¿De quién las quejas?”, pregunta la Biblia. Y entonces responde: “¡Del que no suelta la botella de vino ni deja de probar licores!” (Proverbios 23:29, 30, NVI). Esa persona se sentirá “como aquel que anda mareado en medio del mar, como aquel que anda allá arriba en lo más alto del mástil” (Proverbios 23:34, Sagrada Biblia, de Agustín Magaña). Todavía peor, un día se despertará y dirá: “No sentí cuando me golpearon, me dieron una paliza y ni cuenta me di” (Proverbios 23:35, PDT, 2008).

Perjudica la salud. En Proverbios 23:32 se nos advierte que el alcohol “al final muerde como serpiente y envenena como víbora” (Nueva Biblia al Día [NBD]). Los médicos han confirmado que, tal como indica este versículo, el alcohol en grandes cantidades puede actuar como un veneno mortal. De hecho, se sabe que provoca diversos tipos de cáncer, hepatitis alcohólica, cirrosis, pancreatitis, hipoglucemia en los diabéticos, síndrome alcohólico fetal, derrames cerebrales y fallos cardíacos, entre otros. A veces basta con pasarse con la bebida en una sola ocasión para entrar en coma o incluso morir. Sin embargo, la peor consecuencia del consumo excesivo de alcohol no aparece en los libros de medicina.

Expone a la persona al mayor peligro de todos. Aun cuando uno no llegue al punto de emborracharse, beber de más pone en peligro su relación con Dios. El profeta Isaías exclama en la Biblia: “¡Ay de los que se levantan muy de mañana para buscar solo licor embriagante, que se quedan hasta tarde en la oscuridad nocturna, de modo que el vino mismo los inflama!”. ¿Por qué se lamenta? Porque conoce las consecuencias espirituales de esa conducta: “La actividad de Jehová no miran, y la obra de sus manos no han visto” (Isaías 5:11, 12).

Dios recomienda en su Palabra que no seamos de “los que beben vino en exceso” (Proverbios 23:20). Y a las mujeres de edad avanzada les previene contra estar “esclavizadas a mucho vino” (Tito 2:3). Pero ¿por qué conviene ser cuidadoso? Porque, por lo general, las personas comienzan poco a poco a beber más cantidad y con más frecuencia. Casi sin darse cuenta, llegan al punto de acostarse pensando: “¿Cuándo despertaré para ir a buscar otro trago?” (Proverbios 23:35, NBD). Quienes necesitan un trago “para funcionar” por la mañana tras una noche de excesos ya han cruzado un peligroso límite.

La Biblia también advierte que quienes se entregan a “excesos con vino, diversiones estrepitosas [y] partidas de beber [...] rendirán cuenta al que está listo para juzgar a los vivos y a los muertos” (1 Pedro 4:3, 5). Y Jesús, en una profecía relacionada con la llegada del día de Jehová Dios en nuestros tiempos, dijo: “Presten atención a sí mismos para que sus corazones nunca lleguen a estar cargados debido a comer con exceso y beber con exceso, y por las inquietudes de la vida, y de repente esté aquel día sobre ustedes” (Lucas 21:34, 35).

La cuestión ahora es qué pueden hacer quienes ya beben en exceso para corregir este problema.

[Nota]

Esta y otras expresiones aluden no solo a bebidas de alta graduación, sino también a otras de menor graduación, como la cerveza y el vino.

[Ilustraciones de las páginas 4 y 5]

El abuso de las bebidas alcohólicas provoca muchos problemas