Viernes 5 de junio
El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Luc. 19:10).
Jesús reflejó a la perfección la misericordia de su Padre (Juan 14:9). Con sus palabras y con sus acciones, nos mostró que Jehová nos ama y es muy compasivo, y quiere ayudarnos a vencer al pecado. Jesús hacía que los pecadores sintieran el deseo de cambiar y quisieran seguirlo (Luc. 5:27, 28). Por otro lado, sabía muy bien lo que le esperaba. En varias ocasiones les dijo a sus seguidores que iba a ser traicionado y ejecutado en un madero (Mat. 17:22; 20:18, 19). También sabía que su sacrificio quitaría el pecado del mundo. Además, enseñó que después de morir atraería a él “a todo tipo de personas” (Juan 12:32). Quienes pusieran su fe en Jesús y siguieran sus pasos podrían agradar a Jehová y por fin ser “liberados del pecado” (Rom. 6:14, 18, 22; Juan 8:32). Para lograrlo, Jesús fue valiente y estuvo dispuesto a sufrir una muerte terrible (Juan 10:17, 18). w24.08 31:11, 12
Sábado 6 de junio
Primero se tienen que predicar las buenas noticias en todas las naciones (Mar. 13:10).
Piense en cómo se sintió cuando estaba estudiando la Biblia. Entre otras cosas, aprendió que Jehová lo ama, que desea que forme parte de su familia de adoradores, que ha prometido acabar con el dolor y el sufrimiento, y que en el nuevo mundo va a resucitar a sus seres queridos que han muerto (Mar. 10:29, 30; Juan 5:28, 29; Rom. 8:38, 39; Apoc. 21:3, 4). Todas esas verdades le llegaron al corazón (Luc. 24:32). Llegó a amar las valiosas enseñanzas que estaba aprendiendo y tenía muchas ganas de contárselas a todo el mundo (compare con Jeremías 20:9). Si nuestro corazón rebosa de amor por las enseñanzas de la Biblia, nuestra boca querrá hablar de ellas (Luc. 6:45). Nos sentimos como los discípulos del siglo primero que dijeron: “No podemos dejar de hablar de las cosas que hemos visto y oído” (Hech. 4:20). Hemos llegado a sentir tanto amor por la verdad que queremos contársela a tantas personas como sea posible. w24.05 20:5, 7
Domingo 7 de junio
Sirvan a Jehová con alegría (Sal. 100:2).
Los siervos de Jehová predicamos porque amamos a nuestro Padre celestial y queremos que la gente lo conozca. Pero a algunos les cuesta más disfrutar de la predicación. ¿A qué se debe? Algunos son muy tímidos y no tienen mucha confianza en sí mismos. Otros no se sienten cómodos yendo a ver a personas sin que los hayan invitado. Hay quienes tienen miedo a ser rechazados. Y a otros quizás les han enseñado a evitar las confrontaciones. A todos ellos se les hace muy difícil llevarles las buenas noticias a desconocidos. ¿Y a usted? ¿Le cuesta trabajo sentirse a gusto en el ministerio? Si a veces le pasa eso, no se desanime. Su inseguridad tal vez sea una señal de humildad. Quizás se deba a que no quiere llamar la atención ni verse metido en discusiones. Además, a nadie le gusta que lo rechacen, sobre todo cuando lo único que desea es ayudar. Su Padre celestial comprende muy bien los retos a los que se enfrenta, y quiere darle una mano (Is. 41:13). w24.04 16:1, 2