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  • Venden mediante el olor
    ¡Despertad! 1975 | 22 de octubre
    • el de rosas, pinos, jugo de naranja, bananas, encurtidos sazonados con semillas del eneldo y aguardiente de maíz.

      El Dr. Jellinek hizo un comentario interesante acerca de reproducir estas fragancias: “Lo irónico es que la mayoría de estos olores y sabores ‘naturales’ en realidad son imitaciones químicas de la cosa verdadera.” La publicación Advertising Age explica: “Por ejemplo, un concentrado que se hace de verdaderos limones, no huele necesariamente como la gente piensa que debería oler un limón fresco. Pero es fácil hacer un concentrado artificial que huele exactamente del modo que la gente piensa que debería oler un limón.” Y es más barato producir las imitaciones de los olores.

      ¿Acaso están engañándolo a usted y persuadiéndolo a comprar artículos con olores “naturales” que en realidad no son naturales en absoluto? ¿Puede usted acordarse de alguna ocasión reciente en que haya comprado artículos comestibles u otros debido a los incitantes aromas que flotaban a través del supermercado? Aunque los artículos mismos no tengan nada de malo, ¿reconoce usted cuántas veces “el vendedor secreto” del olor lo ha impulsado a comprar cosas?

      El que uno comprenda la popularidad de vender mediante el olor lo puede beneficiar en estos días de precios en aumento. Cuando se encuentre con un artículo de olor agradable, sea éste un alimento o alguna otra cosa, tenga presente que la fragancia quizás se haya producido en un laboratorio a fin de conseguir que usted lo compre. ¿Podrían resultar ahorros por comprar artículos no aromatizados?

  • ¿Es la contaminación culpa de Dios?
    ¡Despertad! 1975 | 22 de octubre
    • ¿Es la contaminación culpa de Dios?

      UNA arboleda de altísimos secoyas. Una fantástica selva tropical. Un vasto océano azul que se arroja contra la costa rocosa. Un desierto en la primavera alfombrado de color. Una cordillera de resplandecientes cumbres que se elevan por encima de bosques de verde oscuro y brillantes lagos azules. Estas son escenas que en un tiempo producían la reverente exclamación de admiración: “¡El país de Dios!”

      Pero ahora una nueva generación de hombres contempla el aire sucio, pardo, los ríos atascados por los desperdicios industriales, los lagos muertos y los terrenos envenenados, y en las ciudades grandes los barrios bajos que se parecen a montones de basura y dicen: “El país de Dios.”

      La contaminación, dicen ellos, es culpa de Dios. Basan su acusación en la declaración que se halla en la Biblia en Génesis 1:28, que dice: “Los bendijo Dios y les dijo Dios: ‘Sean fructíferos y háganse muchos y llenen la tierra y sojúzguenla, y tengan en sujeción los peces del mar y las criaturas volátiles de los cielos y toda criatura viviente que se mueve sobre la tierra.’”

      Esa declaración de Dios fue el comienzo de la contaminación, afirma el historiador británico Arnold J. Toynbee, en un artículo en Horizon, Verano de 1973, y que se reimprimió más tarde ese año en el Reader’s Digest. Se intituló “El génesis de la contaminación.” Pero Toynbee es solo uno de los más recientes de una larga lista de acusadores similares.

      En la revista Science, del 10 de marzo de 1967, Lynn White, hijo, declaró en el artículo “Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica”: “Al destruir el animismo pagano, el cristianismo hizo posible explotar a la naturaleza en completa indiferencia.” Él afirmaba que “el cristianismo lleva una pesada carga de culpa” por “la crisis ecológica que empeora.”

      El artículo de White fue incorporado en The Environmental Handbook, preparado en 1970 por los Amigos de la Tierra. Ese mismo año el Sierra Club presentó al público su manual Ecotactics, y, en las páginas 82 y 83, dijo: “Las aspiraciones del hombre hasta ahora han sido guiadas por el dios del Génesis. En su mayor parte, hemos estado orgullosos de nuestro sojuzgamiento del planeta. Ahora descubrimos que nuestras aspiraciones han sido descarriadas y destructivas.”

      Ian McHarg, de la Universidad de Pensilvania, en su libro Design with Nature, que se publicó en 1971, dijo: “Ciertamente, si uno busca la autorización para los que quieren aumentar la radiactividad, hacer canales y puertos con bombas atómicas, emplear venenos sin restricción, o acceder a la mentalidad de una máquina empujadora, no podría haber mejor mandamiento que este texto (Génesis 1:28). Aquí se puede hallar el permiso y el mandamiento para conquistar la naturaleza... el enemigo, la amenaza a Jehová.” Muchos otros, entre ellos algunos clérigos, unen su voz a este clamor de que la contaminación es la culpa de Dios.

      La pregunta crucial es: Cuando Dios le dijo a la primera pareja que sojuzgara la Tierra y tuviera dominio sobre ella, ¿les dio por este mandato, como dice Toynbee, “la autorización a Adán y Eva para hacer lo que quisieran con ella”? ¿Fue este el propósito de Jehová? ¿O fue su propósito que el hombre, hecho a la imagen y semejanza de Dios, fuera el cuidador de la Tierra, su mayordomo para el bienestar no solo del hombre sino también de las plantas y de los animales? Más bien que arrojar acusaciones infundadas para llamarse la atención, una persona sabia primero se entera de los hechos. Tal como advierte la Biblia: “El contestar una pregunta antes de haber oído todo acerca de ella es tanto estúpido como insultante.”—Pro. 18:13, New English Bible.

      Interés divino por las plantas y los animales

      Cuando el hombre fue colocado en el Edén, no recibió autorización para hacer lo que quisiera. Fue restringido en su uso del jardín. Según dice la Biblia, había de ‘cultivarlo y cuidarlo.’ Las plantas no eran solo para el uso del hombre. También se dieron como alimento “a toda bestia salvaje de la tierra y a toda criatura volátil de los cielos y a todo lo que se mueve sobre la tierra en que hay vida como alma.”—Gén. 2:15-17; 1:30.

      La ley que Dios más tarde le dio a la nación de Israel mostró cómo el hombre había de “sojuzgar” la tierra. No había de explotarla hasta agotarla, sino, más bien, cada séptimo año había de ser “un sábado de descanso completo para la tierra.” Lo que creciera de por sí ese año no se había de cosechar. Se había de dejar para la gente pobre así como para “tu animal doméstico y [para] la bestia salvaje que está en tu tierra.”—Lev. 25:3-7.

      Se informa que actualmente hay más de ochocientas especies y subespecies de vida que se acercan a la extinción. ¿Es esto lo que Dios se propuso cuando le dijo al hombre que tuviera el dominio? Otras leyes que Dios dio a Israel muestran el interés que tiene el Creador por la vida animal. Por ejemplo, no se le había de poner el bozal al toro que trillaba el maíz, puesto que tenía derecho a comer del grano. No se había de unir un toro junto con un burro al arado... era injusto para con el animal más pequeño, más débil. Si una bestia de carga del vecino estuviera en dificultad, uno había de ayudarla aunque su dueño fuera enemigo de uno, y aunque fuera en día de sábado.—Deu. 25:4; 22:10; Éxo. 23:4, 5; Luc. 14:5.

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