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Identificando al MesíasLa Atalaya 1958 | 15 de mayo
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Los ateos, agnósticos, deístas, clérigos modernistas, judíos y musulmanes que profesan reconocer las cualidades de Jesús como gran maestro y filántropo pero que se niegan a reconocer como ciertas las cosas que él aseveró, son inconsistentes. Las cosas que él afirmó y que se citaron en el párrafo anterior o son verídicas o él era un necio que se había engañado a sí mismo o un farsante; en cualquiera de estos últimos dos casos él no podría haber sido un gran maestro y filántropo. No podemos admitir las dos maneras de ver el asunto. La Palabra de Dios no deja lugar a dudas.
Sí, Jesús no sólo ha ‘dejado un modelo para nosotros para que sigamos cuidadosamente sus pisadas,’ sino que él es también nuestro medio de ganar la vida eterna; porque “no hay salvación en ningún otro, porque no hay otro nombre bajo el cielo que se haya dado entre los hombres mediante el cual hayamos de ser salvos.” Jesucristo es el prometido Mesías.—1 Ped. 2:21; Hech. 4:12.
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Diocleciano intentó destruir el cristianismoLa Atalaya 1958 | 15 de mayo
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Diocleciano intentó destruir el cristianismo
JESÚS dijo a sus seguidores: “Si ellos me han perseguido a mí, los perseguirán también a ustedes.” Desde tiempos muy antiguos el Diablo ha empleado varios medios para apartar a los hombres de la adoración de Jehová Dios. Él ha usado sutilmente el materialismo, despertando en ellos el deseo de tener las cosas del mundo o la aprobación de los hombres, entremezclando esto con oposición violenta cuyo intento es infundir terror en el corazón de los que todavía estuvieran firmes; y si esto no los desviara, entonces mediante la violencia él ha procurado destruirlos, aun como en el caso de Cristo Jesús.—Juan 15:20; Pro. 29:25.
Después del empalamiento de Cristo la congregación cristiana fué colmada de persecución tanto de parte del pueblo como del gobierno. Persecuciones severas se encendieron en varias localidades y luego se apagaron. Pero en el cuarto siglo, bajo el gobierno del emperador romano Diocleciano, por todo el imperio se lanzó un programa inspirado por los demonios con el objeto de extirpar todo vestigio del cristianismo. Una medalla de Diocleciano da testimonio de la purga, pues lleva esta inscripción: “El nombre de los cristianos se está extinguiendo.”1
Los efectos del cristianismo no podían pasar desadvertidos en el mundo romano. La adoración verdadera es más que una mera forma de devoción; afecta todo el modo de vivir de los que la practican. Y los que se adhieren a ella creen en ella y hablan persuasivamente a otros acerca de ella. “Los sacerdotes paganos, por lo tanto, debido a temores bien fundados de que el cristianismo esparciera por todas
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