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Un secreto que aprendieron los filipensesLa Atalaya 1983 | 15 de mayo
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lección para nosotros también. Puede que queramos hacer lo que han hecho muchas otras personas que están esforzándose por poner en práctica este “secreto”... memorizarse lo que Pablo escribió en Filipenses 4:8 acerca de nuestro modo de pensar, y reflexionar con regularidad en ello. ¿Puede usted repetir de memoria ese pasaje?
El secreto de confiar en Dios y servirle felizmente, sea que se tenga mucho o poco en sentido material, puede resultar en una vida muy satisfaciente. En el caso de Pablo, piense en la satisfacción que él podía sentir cuando reflexionaba en el fruto de sus esfuerzos, que se manifestaba en la congregación filipense. El había visto a la congregación crecer en amor por la verdad cristiana, y en celo por esparcir las buenas nuevas. También había visto en acción el amor de ellos hacia sus compañeros cristianos. Podía derivar mucha satisfacción de ver que ellos, también, habían aprendido el secreto de confiar totalmente en Dios en todo lo que hacían, y servirle con todo lo que tenían.
Cada cristiano hoy día puede apropiadamente preguntarse si personalmente ha aprendido el importante secreto que Pablo mencionó en Filipenses 4:12, 13. Una prueba de ello es que tengamos la bendición de Dios y estemos “llenos de fruto justo” (Filipenses 1:9-11; 4:17). También, si hemos aprendido ese secreto vital y lo estamos manifestando, ayudaremos a los que nos rodean a hacer lo mismo. Estaremos dando un buen ejemplo a otros, al igual que lo hizo Pablo, de modo que pudo aconsejar lo siguiente a los filipenses: “Unidamente háganse imitadores de mí, hermanos, y fijen los ojos en los que están andando de la manera que vaya de acuerdo con el ejemplo que ustedes tienen en nosotros”. (Filipenses 3:17; compare con los versículos 13 y 14 de Flp 3.) Para nosotros y para otras personas, pues, ese secreto es de muchísimo valor; éste contribuirá a que alcancemos la vida eterna.
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Preguntas de los lectoresLa Atalaya 1983 | 15 de mayo
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Preguntas de los lectores
◼ Si el esposo de una cristiana fiel se ha divorciado de ella, aunque ninguno de los dos haya sido culpable de adulterio, ¿sería correcto desde el punto de vista bíblico el que ella compartiera el lecho conyugal con él cuando él visitara a la familia?
La Palabra de Dios indica claramente que las relaciones sexuales son apropiadas entre esposo y esposa, no entre personas no casadas. Por lo tanto, los que se han divorciado no deben tener relaciones sexuales entre sí, puesto que eso sería lo mismo que cometer fornicación, pero sin que quedaran libres cada uno para un nuevo casamiento.
Naturalmente, lo que más preocupa a los cristianos son los puntos de vista de Dios y sus instrucciones. En su Palabra se da este consejo específico: “Que el matrimonio sea honorable entre todos, y el lecho conyugal sea sin contaminación, porque Dios juzgará a los fornicadores y a los adúlteros” (Hebreos 13:4). Consideremos la relación que tiene eso con la situación que se presenta en la pregunta.
En muchas partes de la Tierra es práctica común el que un hombre y una mujer tengan relaciones sexuales sin estar casados. Hay quienes afirman que tal proceder es moralmente apropiado y a la vez aceptable a Dios con tal que los dos “se amen” o hayan entrado con carácter de compromiso personal en el arreglo. Sin embargo, ése no es el modo cristiano de ver el asunto. Dado que los cristianos reconocen que “Dios juzgará a los fornicadores y a los adúlteros”, quieren evitar tanto el adulterio como la fornicación.
Cuando un hombre y una mujer se casan, establecen ante todos el hecho de que están unidos como esposo y esposa. A los ojos de la ley, de la sociedad y de Dios tienen derecho a participar en los privilegios del matrimonio, entre ellos
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