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Setenta semanasPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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“La salida de la palabra.” La profecía dice que habría sesenta y nueve semanas de años “desde la salida de la palabra de restaurar y reedificar a Jerusalén hasta Mesías el Caudillo”. (Da 9:25.) La historia seglar en combinación con la bíblica muestran que Jesús fue a Juan para ser bautizado, y así convertirse en el Ungido o Mesías el Caudillo, a principios del otoño del año 29 E.C. (Véase JESUCRISTO [Cuándo nació y cuánto duró su ministerio].) Retrocediendo desde este punto de la historia, podemos determinar que las sesenta y nueve semanas de años empezaron en 455 a. E.C. En ese año tuvo lugar la significativa “salida de la palabra de restaurar y reedificar a Jerusalén”.
En Nisán (marzo-abril) del año veinte del reinado de Artajerjes (455 a. E.C.), Nehemías le pidió al rey: “Si tu siervo parece bueno ante ti, que me envíes a Judá, a la ciudad de las sepulturas de mis antepasados, para que la reedifique”. (Ne 2:1, 5.) El rey le dio permiso, y Nehemías realizó el largo viaje de Susa a Jerusalén. Alrededor del 4 de Ab (julio-agosto), después de hacer una inspección nocturna de los muros, Nehemías ordenó a los judíos: “Vengan y reedifiquemos el muro de Jerusalén, para que ya no continuemos siendo un oprobio”. (Ne 2:11-18.) De modo que Nehemías llevó a efecto aquel mismo año ‘la palabra que salió’ de la boca de Artajerjes para reedificar Jerusalén. Esto prueba claramente que las setenta semanas empezaron a contar a partir del año 455 a. E.C.
La reconstrucción de los muros terminó el día 25 de Elul (agosto-septiembre), solo cincuenta y dos días después de haber empezado la obra. (Ne 6:15.) Luego siguió la reedificación de la ciudad. En cuanto a las siete primeras “semanas” (cuarenta y nueve años), Nehemías, con la ayuda de Esdras, y después otros que posiblemente les sucedieron, trabajaron “en los aprietos de los tiempos”, con dificultades internas —entre los mismos judíos— y externas —procedentes de los samaritanos y de otras gentes—. (Da 9:25.) El libro de Malaquías, escrito después de 443 a. E.C., censura la mala situación en la que se hallaba entonces el sacerdocio judío. Se cree que el regreso de Nehemías a Jerusalén una vez que visitó a Artajerjes (compárese con Ne 5:14; 13:6, 7) se produjo después de esta fecha. La Biblia no revela exactamente cuánto tiempo continuó él personalmente edificando Jerusalén después del año 455 a. E.C. Sin embargo, la obra debió quedar prácticamente terminada en cuarenta y nueve años (siete semanas de años), y Jerusalén y su templo permanecieron hasta que llegó el Mesías. (Véase MALAQUÍAS, LIBRO DE [Cuándo se escribió].)
La llegada del Mesías después de ‘sesenta y nueve semanas’. En cuanto a las siguientes sesenta y dos “semanas” (Da 9:25), estas, como parte de las setenta y mencionadas en segundo lugar, continuarían a partir de la conclusión de las “siete semanas”. Por lo tanto, el tiempo que pasó “desde la salida de la palabra” para reconstruir Jerusalén hasta “Mesías el Caudillo” fue de siete más sesenta y dos “semanas”, es decir, sesenta y nueve “semanas” (cuatrocientos ochenta y tres años), que transcurrieron desde 455 a. E.C. hasta 29 E.C. Como se dijo antes, en el otoño de ese año, 29 E.C., Jesús fue bautizado en agua, fue ungido con espíritu santo y empezó su ministerio como “Mesías el Caudillo”. (Lu 3:1, 2, 21, 22.)
De modo que, con siglos de antelación, la profecía de Daniel señaló con precisión el año exacto de la llegada del Mesías. No se puede confirmar que los judíos del primer siglo hubieran calculado cuándo llegaría el Mesías basándose en la profecía de Daniel. Pero la Biblia informa que “el pueblo [estaba] en expectación, y todos razonando en sus corazones acerca de Juan: ‘¿Acaso será él el Cristo?’”. (Lu 3:15.) Aunque esperaban al Mesías, no podían determinar con exactitud ni el día, ni la semana, ni el mes de su llegada. Por ello se preguntaban si Juan era el Cristo, aunque este debió empezar su ministerio en la primavera de 29 E.C.
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Setenta semanasPerspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
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Punto de vista judío. El texto masorético, que contiene una puntuación vocálica, se preparó en la segunda mitad del I milenio E.C. Seguramente debido a que no aceptaban a Jesús como el Mesías, los masoretas puntuaron el texto hebreo en Daniel 9:25 con un ʼath·náj, o “acento pausante”, después de “siete semanas”, de modo que separaron las “siete semanas” de las “sesenta y dos semanas”; por consiguiente, las sesenta y dos semanas de la profecía, a saber, cuatrocientos treinta y cuatro años, parecen aplicar al tiempo de la reconstrucción de la antigua Jerusalén. Por ello, algunas traducciones judías leen de manera semejante a la siguiente: “Sabe pues y ten en cuenta que desde que salga la orden para restaurar y reedificar a Jerusalén hasta la venida de un ungido, un príncipe, habrá siete semanas, [el acento pausante se representa aquí por una coma] y en sesenta y dos semanas será reconstruida con plaza, y foso, pero en tiempos difíciles” (MK).
El profesor E. B. Pusey hace la siguiente observación sobre el punto masorético en una nota a un discurso presentado en la universidad de Oxford: “Los judíos pusieron el acento pausante principal del versículo bajo שִׁבְעָה [siete], para separar los dos números, 7 y 62. Debieron hacer esto deshonestamente, למען המינים (como dice Rashi [un importante rabí judío de los siglos XI y XII E.C.], al rechazar exposiciones literales que favorecían a los cristianos), ‘por causa de los herejes’, i. e., los cristianos. Pues así dividida, la última cláusula solo podía significar ‘y durante sesenta y dos semanas las calles y los muros serán restaurados y reedificados’, es decir, que Jerusalén sería reedificada durante 434 años, lo cual no tendría sentido”. (Daniel the Prophet, 1885, pág. 190.)
En cuanto a Daniel 9:26 (MK), que lee en parte: “Y después de las sesenta y dos semanas será cortado un ungido y no será más”, los comentaristas judíos aplican las sesenta y dos semanas a un período que llega hasta la época macabea, y el término “ungido”, al rey Agripa II, que vivía cuando Jerusalén fue destruida en el año 70 E.C. Otros dicen que era un sumo sacerdote llamado Onías, al que Antíoco Epífanes depuso en 175 a. E.C. La aplicación de la profecía a cualquiera de estos dos hombres la desposeería de verdadera importancia, y la discrepancia cronológica de estos acontecimientos con respecto a las sesenta y dos semanas la haría completamente inexacta. (Véase Soncino Books of the Bible [comentario sobre Da 9:25, 26], edición de A. Cohen, Londres, 1951.)
Intentando justificar su punto de vista, los eruditos judíos dicen que las “siete semanas” no son siete veces siete, o cuarenta y nueve años, sino setenta años, aunque siguen contando las sesenta y dos semanas como siete veces sesenta y dos, es decir, cuatrocientos treinta y cuatro años. Aplican ese tiempo al período del exilio babilonio. Hacen de Ciro, Zorobabel o el sumo sacerdote Josué el “ungido” de este versículo (Da 9:25), mientras que consideran que el “ungido” de Daniel 9:26 es otra persona.
La mayoría de las versiones españolas no siguen la puntuación masorética en este versículo. O bien tienen la conjunción “y” o una coma después de la expresión “siete semanas”, o bien indican en la redacción que las sesenta y dos semanas siguen a las siete como parte de las setenta, sin dar a entender que las sesenta y dos semanas apliquen al tiempo de la reconstrucción de Jerusalén. (Véase Da 9:25 en BAS, BJ, BR, Mod, NM, TA, Val.) Una nota editorial de James Strong en el Commentary on the Holy Scriptures, de Lange (Da 9:25, nota, pág. 198), dice: “La única justificación de esta traducción, que separa los dos períodos de siete semanas y sesenta y dos semanas y considera la primera como el terminus ad quem del Príncipe Ungido, y la última como el tiempo de la reconstrucción, está en la puntuación masorética, que coloca el Athnaj [acento pausante] entre los dos [...], y esta traducción implica una construcción forzada del segundo período, que está sin preposición. Por lo tanto, es mejor y más sencillo adherirse a la Versión Autorizada, que sigue todas las traducciones más antiguas” (edición de P. Schaff, 1976).
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