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  • Setenta semanas
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
    • “Cortado” a la mitad de la semana. A continuación Gabriel le dijo a Daniel: “Después de las sesenta y dos semanas Mesías será cortado, con nada para sí”. (Da 9:26.) Algún tiempo después del final de las ‘siete más sesenta y dos semanas’, en realidad, unos tres años y medio después, Cristo fue cortado al morir en un madero de tormento, entregando todo lo que tenía como un rescate para la humanidad. (Isa 53:8.) Los hechos indican que Jesús empleó la primera mitad de la “semana” en efectuar su ministerio. En una ocasión, probablemente en el otoño del año 32 E.C., dio una ilustración en la que al parecer comparaba la nación judía a una higuera (compárese con Mt 17:15-20; 21:18, 19, 43) que no había producido fruto por “tres años”. El viñador le dijo al amo de la viña: “Amo, déjala también este año, hasta que cave alrededor de ella y le eche estiércol; y si entonces produce fruto en el futuro, bien está; pero si no, la cortarás”. (Lu 13:6-9.) Puede que aquí se haya referido al período de tiempo de su propio ministerio a aquella nación insensible, ministerio que hasta ese punto había durado unos tres años y que tenía que continuar durante parte de un cuarto año.

  • Setenta semanas
    Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2
    • Desolaciones para la ciudad y el lugar santo. Después de las setenta “semanas”, como resultado directo de que los judíos rechazaran a Cristo durante la septuagésima “semana”, se cumplieron los acontecimientos de las últimas partes de Daniel 9:26 y 27. La historia registra que Tito, el hijo del emperador Vespasiano de Roma, fue el caudillo de las fuerzas romanas que atacaron Jerusalén. Estos ejércitos en realidad entraron en Jerusalén y en el templo mismo como una inundación, y desolaron la ciudad y su templo. El que los ejércitos paganos se estacionaran en el lugar santo los convirtió en una “cosa repugnante”. (Mt 24:15.) Todos los intentos por impedir que Jerusalén llegara a su fin fracasaron, pues Dios había decretado: “Lo que está decidido es desolaciones”, y “hasta un exterminio, la misma cosa que se ha decidido irá derramándose también sobre el que yace desolado”.

      Punto de vista judío. El texto masorético, que contiene una puntuación vocálica, se preparó en la segunda mitad del I milenio E.C. Seguramente debido a que no aceptaban a Jesús como el Mesías, los masoretas puntuaron el texto hebreo en Daniel 9:25 con un ʼath·náj, o “acento pausante”, después de “siete semanas”, de modo que separaron las “siete semanas” de las “sesenta y dos semanas”; por consiguiente, las sesenta y dos semanas de la profecía, a saber, cuatrocientos treinta y cuatro años, parecen aplicar al tiempo de la reconstrucción de la antigua Jerusalén. Por ello, algunas traducciones judías leen de manera semejante a la siguiente: “Sabe pues y ten en cuenta que desde que salga la orden para restaurar y reedificar a Jerusalén hasta la venida de un ungido, un príncipe, habrá siete semanas, [el acento pausante se representa aquí por una coma] y en sesenta y dos semanas será reconstruida con plaza, y foso, pero en tiempos difíciles” (MK).

      El profesor E. B. Pusey hace la siguiente observación sobre el punto masorético en una nota a un discurso presentado en la universidad de Oxford: “Los judíos pusieron el acento pausante principal del versículo bajo שִׁבְעָה [siete], para separar los dos números, 7 y 62. Debieron hacer esto deshonestamente, למען המינים (como dice Rashi [un importante rabí judío de los siglos XI y XII E.C.], al rechazar exposiciones literales que favorecían a los cristianos), ‘por causa de los herejes’, i. e., los cristianos. Pues así dividida, la última cláusula solo podía significar ‘y durante sesenta y dos semanas las calles y los muros serán restaurados y reedificados’, es decir, que Jerusalén sería reedificada durante 434 años, lo cual no tendría sentido”. (Daniel the Prophet, 1885, pág. 190.)

      En cuanto a Daniel 9:26 (MK), que lee en parte: “Y después de las sesenta y dos semanas será cortado un ungido y no será más”, los comentaristas judíos aplican las sesenta y dos semanas a un período que llega hasta la época macabea, y el término “ungido”, al rey Agripa II, que vivía cuando Jerusalén fue destruida en el año 70 E.C. Otros dicen que era un sumo sacerdote llamado Onías, al que Antíoco Epífanes depuso en 175 a. E.C. La aplicación de la profecía a cualquiera de estos dos hombres la desposeería de verdadera importancia, y la discrepancia cronológica de estos acontecimientos con respecto a las sesenta y dos semanas la haría completamente inexacta. (Véase Soncino Books of the Bible [comentario sobre Da 9:25, 26], edición de A. Cohen, Londres, 1951.)

      Intentando justificar su punto de vista, los eruditos judíos dicen que las “siete semanas” no son siete veces siete, o cuarenta y nueve años, sino setenta años, aunque siguen contando las sesenta y dos semanas como siete veces sesenta y dos, es decir, cuatrocientos treinta y cuatro años. Aplican ese tiempo al período del exilio babilonio. Hacen de Ciro, Zorobabel o el sumo sacerdote Josué el “ungido” de este versículo (Da 9:25), mientras que consideran que el “ungido” de Daniel 9:26 es otra persona.

      La mayoría de las versiones españolas no siguen la puntuación masorética en este versículo. O bien tienen la conjunción “y” o una coma después de la expresión “siete semanas”, o bien indican en la redacción que las sesenta y dos semanas siguen a las siete como parte de las setenta, sin dar a entender que las sesenta y dos semanas apliquen al tiempo de la reconstrucción de Jerusalén. (Véase Da 9:25 en BAS, BJ, BR, Mod, NM, TA, Val.) Una nota editorial de James Strong en el Commentary on the Holy Scriptures, de Lange (Da 9:25, nota, pág. 198), dice: “La única justificación de esta traducción, que separa los dos períodos de siete semanas y sesenta y dos semanas y considera la primera como el terminus ad quem del Príncipe Ungido, y la última como el tiempo de la reconstrucción, está en la puntuación masorética, que coloca el Athnaj [acento pausante] entre los dos [...], y esta traducción implica una construcción forzada del segundo período, que está sin preposición. Por lo tanto, es mejor y más sencillo adherirse a la Versión Autorizada, que sigue todas las traducciones más antiguas” (edición de P. Schaff, 1976).

      Se han expuesto muchos otros puntos de vista, algunos mesiánicos y otros no, en cuanto al significado de esta profecía. Debe notarse a este respecto que el texto de la Septuaginta que aparece en la copia más antigua que existe tergiversa de manera importante el texto hebreo. Como explicó el profesor Pusey en su obra Daniel the Prophet (págs. 328, 329), el traductor falsificó los períodos de tiempo mencionados y también añadió, alteró y cambió el lugar de las palabras a fin de que la profecía apoyara la lucha macabea. Esta traducción, que obviamente está manipulada, se ha sustituido en la mayoría de las ediciones actuales de la Septuaginta por la de Teodoción (docto judío del siglo II E.C.) que se ajusta al texto hebreo.

      Algunos intentan cambiar el orden de los períodos de la profecía, mientras que otros los yuxtaponen o niegan que tengan un cumplimiento temporal. Pero los que presentan tales puntos de vista enmarañan de tal modo la explicación, que llegan a conclusiones absurdas o niegan la inspiración y veracidad de la profecía. Sobre estos últimos puntos de vista, que crean más problemas de los que solucionan, el erudito supracitado, E. B. Pusey, observa: “Estos eran los problemas que la incredulidad no podía resolver; tenía que resolverlos a su manera, lo que hasta cierto grado era más fácil, pues no hay nada que sea imposible que la incredulidad crea, excepto lo que Dios revela” (pág. 206).

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