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  • Una lección de la historia de Roma
    La Atalaya 2002 | 15 de junio
    • Una lección de la historia de Roma

      “YO, LO mismo que los hombres, he peleado con bestias salvajes en Éfeso.” Hay quienes opinan que estas palabras, registradas en 1 Corintios 15:32, indican que el apóstol Pablo fue sentenciado a luchar en un espectáculo romano. En cualquier caso, lo cierto es que en tiempos de Pablo era habitual luchar hasta la muerte en la arena de los anfiteatros y los circos. ¿Qué nos dice la historia sobre lo que sucedía en tales lugares?

  • Una lección de la historia de Roma
    La Atalaya 2002 | 15 de junio
    • Tal vez se pregunte quiénes eran los gladiadores. Pues bien, eran esclavos, criminales condenados a muerte, prisioneros de guerra u hombres libres atraídos por la aventura o la posibilidad de obtener fama y riquezas. Todos se entrenaban en escuelas parecidas a prisiones. El libro Giochi e spettacoli (Juegos y espectáculos) señala que durante el adiestramiento, los gladiadores “estaban sujetos a la constante supervisión de los guardas, a una férrea disciplina, a reglas muy estrictas y a castigos durísimos [...]. Semejante trato solía provocar suicidios, motines y revueltas”. La mayor escuela de gladiadores de Roma podía albergar en sus celdas al menos a mil internos. Cada hombre tenía una especialidad. Había quienes combatían con armadura, escudo y espada; otros, con red y tridente. Ciertos luchadores se entrenaban para pelear contra bestias salvajes en otro espectáculo popular: la cacería. ¿Estaría Pablo aludiendo a tal evento?

  • Una lección de la historia de Roma
    La Atalaya 2002 | 15 de junio
    • Las mañanas estaban dedicadas a las cacerías. Se sacaba a la arena todo tipo de bestias salvajes. El público disfrutaba sobre todo cuando se enfrentaba a un toro con un oso. Se les solía atar juntos para que lucharan hasta que muriera uno de ellos, tras lo cual, un cazador mataba al que quedaba. Las peleas de leones contra tigres o de elefantes contra osos también gozaban de popularidad. Los cazadores mostraban su habilidad al dar muerte a animales exóticos traídos de todas partes del imperio. No se reparaba en gastos. Había leopardos, rinocerontes, hipopótamos, jirafas, hienas, camellos, lobos, jabalíes y antílopes.

      Los efectos escénicos convertían las cacerías en acontecimientos inolvidables. Con rocas, estanques y árboles se recreaban bosques. En algunos espectáculos, las bestias aparecían como por arte de magia, gracias a trampillas y a una especie de elevadores subterráneos. El comportamiento impredecible de los animales era un atractivo adicional, pero la mayor fascinación parecía provenir de la crueldad.

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