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Preguntas de los lectoresLa Atalaya 1999 | 15 de julio
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“Ahora les damos órdenes, hermanos, [...] de que se aparten de todo hermano que ande desordenadamente y no según la tradición que ustedes recibieron de nosotros. Por su parte, hermanos, no desistan de hacer lo correcto. Pero si alguno no es obediente a nuestra palabra mediante esta carta, mantengan a este señalado, dejen de asociarse con él, para que se avergüence. Y, no obstante, no estén considerándolo como enemigo, sino continúen amonestándolo como a hermano.” (2 Tesalonicenses 3:6, 13-15.)
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Preguntas de los lectoresLa Atalaya 1999 | 15 de julio
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El caso de los “desordenados” de que se habla en 2 Tesalonicenses es distinto de los tres supracitados. Pablo escribió que aquellos aún eran ‘hermanos’, y que había que amonestarlos y tratarlos como tales. Así que el problema con los hermanos “desordenados” ni era un simple asunto personal entre cristianos, ni alcanzaba la suficiente gravedad como para que los ancianos de la congregación tuvieran que intervenir y tomar la decisión de expulsar, como hizo Pablo en el caso de inmoralidad que había en Corinto. Los “desordenados” no eran culpables de un pecado grave, como lo era el hombre expulsado en Corinto.
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Preguntas de los lectoresLa Atalaya 1999 | 15 de julio
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También hizo saber a la congregación que convendría que los cristianos ‘señalaran’, a nivel individual, a los desordenados, lo cual implicaba que tomaran nota de aquellos cuyas acciones encajaban con el proceder sobre el que se había alertado públicamente a la congregación. Pablo aconsejó que ‘se apartaran de todo hermano que anduviera desordenadamente’. Eso no quería decir, desde luego, rehuir por completo a tal persona, pues habían de ‘continuar amonestándola como a hermano’. Seguirían teniendo trato cristiano en las reuniones y tal vez en el ministerio, y podían tener la esperanza de que el hermano reaccionara al consejo y abandonara sus costumbres perturbadoras.
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