Lunes 14 de septiembre
Si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes mismos (Juan 6:53).
Ya en los días de Noé, Dios les había prohibido a los seres humanos consumir sangre (Gén. 9:3, 4). Y más tarde repitió esta prohibición en la Ley que le dio a Israel. Todo el que comiera sangre tenía que “ser eliminado” (Lev. 7:27). Jesús respaldó la Ley de Moisés (Mat. 5:17-19). Por eso es impensable que le pidiera a una multitud de judíos que literalmente comiera su carne o bebiera su sangre. Jesús estaba hablando en sentido figurado. No era la primera vez que lo hacía, pues recordemos lo que le dijo a la samaritana: “El agua que yo [...] daré se convertirá [...] en un manantial que brotará para dar vida eterna” (Juan 4:7, 14). Jesús no estaba dando a entender que la samaritana recibiría vida eterna con solo beber agua de un pozo en particular. Igualmente, tampoco estaba diciendo que la multitud a la que le habló en Capernaúm viviría para siempre si literalmente comía la carne de él y bebía su sangre. w24.12 49:4-6
Martes 15 de septiembre
Ofrezcan sus cuerpos como un sacrificio vivo, santo y que agrade a Dios; así darán un servicio sagrado con su capacidad de razonar (Rom. 12:1).
Los esposos cristianos deben tener mucho cuidado de no adoptar el punto de vista que tiene el mundo sobre las mujeres. ¿Por qué? Un motivo es que muchas veces los pensamientos se acaban convirtiendo en acciones. Pensemos en la congregación de Roma del primer siglo, compuesta por cristianos ungidos. Algún tiempo después de que se formó la congregación, Pablo tuvo que escribirles: “Dejen de amoldarse a este sistema” (Rom. 12:1, 2). Esas palabras dan a entender que algunos todavía se estaban dejando influir por las costumbres y la actitud del mundo. Por eso, Pablo les dijo que debían cambiar su manera de pensar y su conducta. Ese consejo también les aplica a los esposos hoy en día. Lamentablemente, algunos cristianos se han dejado influir por la manera de pensar del mundo y han llegado a maltratar a sus esposas. w25.01 2:4
Miércoles 16 de septiembre
Pastoreen el rebaño de Dios que está a su cuidado, sirviendo de superintendentes (1 Ped. 5:2).
Los ancianos son hombres muy ocupados. Por un lado, son evangelizadores (2 Tim. 4:5). Dan un buen ejemplo en el ministerio, organizan la predicación en el territorio local y nos enseñan a predicar y enseñar bien. Por otro lado, son jueces imparciales y misericordiosos. Cuando alguien comete un pecado grave, se esfuerzan por ayudarlo a recuperar su amistad con Jehová. Pero al mismo tiempo se aseguran de mantener limpia la congregación (1 Cor. 5:12, 13; Gál. 6:1). Sobre todo, los ancianos son pastores (1 Ped. 5:1-3). Presentan discursos bíblicos bien preparados, procuran conocer a todos los hermanos de la congregación y hacen visitas de pastoreo. Además, algunos colaboran en la construcción y el mantenimiento de Salones del Reino, en la organización de asambleas regionales, en los Comités de Enlace con los Hospitales, en los Grupos de Visita a Pacientes y en otras responsabilidades. ¡Cuántas cosas hacen por nosotros! w24.10 42:9